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lunes, 22 de diciembre de 2008

Asia En Su Boca

Desde el año 2004 hasta hace casi tres meses, estuve soltero. Fue una larga época en la que viví un chasco sentimental tras otro. Por más que no era grato vivir tantas desilusiones, esos momentos de búsqueda eterna me dejaron un interesante número de historias, como la que sigue a continuación.

En esta era tecnológica, una de las formas de intentar dejar de estar soltero, es meterte en un chat y ver que podés llegar a pescar. Todos quieren pescar el preciado pez dorado. Yo me he metido en chats muchas veces y he pescado una cantidad de sanguijuelas, renacuajos, mojarritas, algas y viejas del agua, tan incontable como las estrellas de los cielos (varios de los que me leen probablemente se identifiquen con lo que cuento). Sin embargo, cuando uno entra a un chat, suele mantener el optimismo de pensar que esta vez la cosa va a ser diferente. La respuesta es: cuanto más busques, menos vas a encontrar, pero eso es para explayarse en otra oportunidad.

En esta ocasión puntual, me había metido en un chat para pelotudear un rato. No había planeado encontrar al amor de mi vida, ni al padre de mis hijos, ni nada por el estilo, solamente quería malgastar un poco el tiempo. Mientras navegaba por internet y bajaba música, veo una ventanita de chat que se abre a mi derecha.
El chateador escribe “Hello...” (esto quiere decir “hola” en inglés)
Se trataba de un hombre asiático. (Si algún asiatico se ofende por mi uso de la palabra “asiatico”, puede llamarme sudaca que no me jode para nada) En la descripción personal del flaco decía que era de Malasia. Este Malayo hablaba poco y nada de español, por lo que la conversación tuvo que desarrollarse en inglés (fiaca). Comenzamos con las preguntas rompe hielo de rutina: ¿De dónde sos? ¿Como te llamás? ¿A qué te dedicas? ¿Edad? , etc (que es justamente lo que más pereza da de conocer hombres nuevos).
Este malayo se hizo llamar Eric. Es obvio que ese no era su nombre de pila, ya que ningún oriental se llama Eric. Seguramente se llamaría Chaw Fan o Cachi Chien, pero se hacía llamar Eric para que la gente no se refiera a él como “Che” todo el tiempo. Nunca había estado con un asiático así que empezar la conversación me pareció intercultural y colorido. Además, al menos por foto, Eric no se veía nada mal.
A lo largo de la charla, Eric hacía comentarios graciosos y sarcásticos que me divertían mucho. Me estaba cayendo muy bien. Mientras más me contaba de él, más decidido estaba a darle una oportunidad a la situación.

Parece que Eric tenía un altímismo coeficiente mental. Se había salteado el secundario entero (o un par de años, que para el caso es lo mismo). Entonces desde muy joven tenía un puesto de garca en alguna empresa estilo Coca-Cola o Disney. Aunque la forma de hablar de su trabajo me decía que mucho no lo disfrutaba, estaba juntando guita con pala.
Bien. Por lo menos no voy a tener que pagar la cena yo.

Decía que no tenía ni un rastro de acento oriental.
Mejor. Por algún motivo cuando veo un oriental que en vez de hablar como la china de Juana Molina, habla como la negra Bernazzi, me meo encima. (traduzcamos a Molina y Bernazzi al inglés, ya que Eric hablaba muy poco castellano)

Me contaba que hacía unos meses que estaba trabajando en Argentina y planeaba quedarse al menos tres años.
Bien. Si nos vemos y la cosa está buena, no voy a tener que llorar su partida a las dos semanas.

Me contaba cuán solo se sentía al tener a su familia y amigos tan lejos. Además, el problema idiomático hacía que su vida social se viera limitada solamente a gente que hablaba inglés.
Bien. Me enterneció.

Era fan de Rob Zombie y Marilyn Manson.
Me enamoré.

Después de charlar por msn durante algunos días, y ver que nuestras conversaciones eran cada vez más largas e interesantes, quedamos en vernos a las nueve y media en Luis María Campos y Federico Lacroze. Iríamos a comer una pizza, tomar un trago o algún otro tipo de consumición social por el estilo.
Al acercarme a la esquina de Federico Lacroze, busqué con la mirada a mi asiática cita. Ahí estaba. Parado al lado del semáforo, con una sonrisa de oreja a oreja. Era tal cuál la foto: el mismo pelo, la misma edad, la misma contextura física. ¡Que alivio!
Me acerqué a él y lo saludé. Le dije un par de pavadas y me quedé esperando que él diga algo también. Zzzzz...zzzz.... bocina de auto... cri... cri...
La sonrisa de bienvenida seguía en su cara y me miraba como si estuviera frente a una celebridad. No se movía. Por un instante dudé si quizás se trataría de una estatua de cera. Finalmente le pregunté:
“¿Cruzamos y vamos para Las Cañitas a ver que encontramos?”
“Si... si...”, dijo sin dejar de sonreír.
¿Está fumado el chino este o qué? ¡Que garrón! No me digas que esto va a ser el embole que estoy presintiendo...

Fuimos caminando hacía la zona culinaria de Las Cañitas, mientras yo monologueaba sin parar. Eric solo me miraba y sonreía. Ocasionalmente, si estaba de acuerdo con algo que yo decía, acotaba “Si, si”.
Su palabrería de chat, existe gracias a que es tímido e introvertido. Bajón... nuevamente.

Cuando empezaron mis preguntas y él tuvo que contestarlas y lo escuche hablar más, noté que al hablar no se le entendía prácticamente nada. Sabía el idioma a la perfección pero hablaba mucho más retorcido que la china de Juana Molina. Sería algo así como la versión asiática de Anamá Ferreira.
¿Así que no tenía ni un rastro de acento oriental?¡Las bolas! O carecía de autocrítica o era muy idiota. Mira que hay cosas pelotudas con las que podes mentir...

Ni bien llegamos a Romario, Eric se volvió a quedar callado. Yo me había cansado de preguntar trivialidades y no me salía seguir fingiendo. A fin de cuentas, hablaba tan mal que le entendía la mitad de algo que me contaba que ni siquiera me importaba.
Eric ya no sonreía. Creo que se dio cuenta que yo me estaba preguntando “¿qué onda?”, y comentó:
“A mi me gusta mucho escuchar, más que hablar. Estoy muy acostumbrado a escuchar porque en mi trabajo bla bla bla...”. No escuche el resto de lo que dijo.
Este chino era un embole. Me lo habían cambiado. Seguramente yo chateaba con algún compañero de vivienda suyo que finalmente se arrepintió de la cita y se la pasó a este para hacerle un favor. Siendo tan plomo, no creo que tuviera citas muy a menudo.
No, Eric vive solo. Este es el verdadero, nomás. ¡Tengo que desaparecer de acá ya mismo!

Fuimos caminando hacia su casa, porque quedaba de paso hacia la mía. Cuando llegamos a la puerta estaba a punto de saludarlo y decir “Me tengo que levantar temprano, así que voy yendo”, cuando Eric me toma del brazo y pregunta: “¿Querés que te muestre el recital de Manson ese que te conté aquella vez?”
¡Cierto! ¿Como me pude olvidar de eso? Eric tenía un recital pirata (pero filmado profesionalmente) de un recital de Marilyn Manson que no conocía y me moría de ganas de ver.
Y si, yo subo. Total después de ver el recital, capaz que nos calentamos un poco, nos terminamos echando un polvo y no lo vuelvo a ver más. Ya que me fumé toda esa cena, esta noche tiene que terminar con algo que levante un poco el rating...

“Dale, vamos. Pero un rato nomas porque me levanto a las seis mañana”.(¡Mentira!)
Eric se quedó mirándome, con lo que yo supongo que sería una mirada sexy, pero en realidad parecía como si tuviera una basurita en el ojo. Entramos al pintoresco edifico de la calle Federico Lacroze y nos metimos en el ascensor. Una vez adentro se acercó un poco a mi y susurró en mi rostro:
“Me gusta mucho tu mirada”.
Fue un susurro bien cargado de aire. Ese aire subió rápidamente por mis fosas nasales y me permitió apreciar la putrefacción de toda Asia (después del Tsunami) en su boca. Eric tenía el aliento mas feo que había sentido en mucho tiempo.
¡Descubrí la clave de todo! ¡Esta es la razón de su soledad! Ni la distancia, ni el idioma, ni su problema idiomático. Este chabón abre la boca y parece que se trago un sorete. Y yo estoy acá, metido en un ascensor con él, a punto de entrar a su casa. ¡Estoy en graves aprietos! ¿Qué hago? Si intenta besarme en algún momento, creo que voy a vomitar antes de llegar a correr la cara.

Entramos a su departamento. Eric ya había entrado en confianza y me contaba cosas de la casa que yo no escuchaba porque estaba planeando una forma de escapar sin lastimar a nadie.
El departamento era enorme. Solamente uno de sus baños era más grande que mi casa. Estaba muy bien decorado. “Los muebles y todo lo que hay acá, vino con el departamento. Yo tengo muy mal gusto para decorar”. Me reí de compromiso y pensé “Si, mal gusto es lo que tenés vos en el comedero”.
Una vez que me había preparado un destornillador (vodka con naranja), nos tiramos en el sillón a ver el recital de Manson. El video se veía y se escuchaba de puta madre, así que el aliento cloacal de Eric pasó momentáneamente a segundo plano. Cuando terminaba mi bebida, Eric me preparaba otra. Para el momento en el que terminó el video yo ya tenía una borrachera inpiloteable.
Nos quedamos mirando la tele como si hubiera algo que ver. Eric fue deslizando lentamente su mano hacia la mía. Yo rápidamente la retire y la metí en el bolsillo, saqué mi celular y vi la hora.
“¡Uh! Es muy tarde. Me tengo que ir. Otro día la seguimos”. (¡Pará de mentir!) Me puse de pie, agarré mi campera y fui hasta la puerta. Eric me acompañó y se quedó mirándome con la misma sonrisa de antes. Volvió a acercarse a mi y yo miré hacia otro lado.
“¿Estás bien?”
“Si. Un poco cansado nomas”. Después de eso fingí un bostezo. En ese instante Eric acercó su boca a la mía y trató de besarme. Yo no pude seguir adelante con esta farsa:
“Mirá Eric, si me vas a hablar tan de cerca me parece que tendrías que cepillarte un poco los dientes”.
“¿Eh?”
“Nada... eso. Tenés un aliento un poco fuerte”.
Eric me miraba perplejo.
“Muy fuerte, ¿para qué te la voy a suavizar?”, agregué, en un fallido intentó de ponerle humor a mi repentino brote de honestidad.
“¿Querés decirme que tengo mal aliento?”, preguntó incrédulo mi aromática cita.
“Y si, la verdad que apesta ...”, dije mientras llamaba nuevamente al ascensor con torpeza alcohólica. La cara simpática de Eric se puso roja como un tomate. Mitad en inglés y mitad en español dijo:
“Puede ser. Lo que pasa es que me están haciendo un puente en las muelas...”
“Bueno, yo te diría que te fijes que onda abajo del puente ese, porque me parece que alguien se echó un flor de garco”.
Nunca lo quise herir, pero lo hice. Lo notaba en su expresión. Me dijo tratando de hacerse el superado:
“Vos fumas cigarrillos, así que tenes olor a tabaco”, dijo para desquitarse.
“Si te molestaba me lo decías y listo. Además, no se vos que pensarás, pero es preferible oler a pucho antes que oler a caca”.

Una vez a salvo en mi cama, acallé mi conciencia pensando que lo que dije fue inducido por la borrachera a la que él me condujo sirviéndome un destornillador tras otro. ¿Cuantas veces habrá tenido que pasar este muchacho por esa misma situación, emborrachando a sus amantes para que olviden no solo el hecho de que el pibe era un embole, sino también el bao que despedía cada vez que abría su boca? Vaya uno a saber.

Algún tiempo más tarde volví a tener una cita arreglada por chat (que también fue un bajón, pero por otros motivos, te la cuento otro día).
Esta vez, tomé un par de precauciones antes de salir.
Una de ellas fue poner un paquete de Halls de menta en mi bolsillo...


martes, 16 de septiembre de 2008

Chiro (Parte 5)

Para entender esta historia necesitas leer las partes anteriores. Podés encontrarlas luego de este post, o todas juntas haciendo click aquí

Ni bien comenzó el año lectivo en 1991, Chiro y yo empezamos a distanciarnos. Estábamos en años diferentes, en colegios y círculos sociales diferentes. Ahora que vivía nuevamente en Buenos Aires, empecé a tener amigos en el colegio y en el barrio. De repente, había otras cosas interesantes que hacer aparte de tener a Chiro desnudo. Si bien me gustaba estar a solas con él, cuando terminábamos y se iba, me sentía vacío. Estaba apartándome de la religión, entonces ya no sentía la culpa de antes. En cambio, sentía una gran soledad. A los dos nos había dejado de importar totalmente la vida del otro, había que aceptarlo.
Llegábamos a pasar semanas sin vernos; lo que hacía que nuestros polvos fueran cada vez más impersonales. Estábamos para prestar un servicio el uno al otro. Él, para satisfacer todas mis necesidades sexuales (yo no tenía otro compañero sexual que no fuera Chiro). Yo, para satisfacer su necesidad de intimar con un chico (creo que él tampoco estaba con otro varón que no fuera yo).

A medida que Chiro crecía, fue convirtiéndose en un irresistible latin lover. Su look “canchero”, sus lindos rasgos, y la forma rea- pero sexy a la vez- que tenía de hablar, le hacía ganar mujeres a palazos. Tenía una novia nueva cada dos semanas, aproximadamente. Por supuesto, cada novia ignoraba que aveces el día antes de besar sus senos, Chiro probablemente había besado mis glúteos.
Pero bueno, ojo que no ve...

Como no nos importaba nada más que calmar la revolución que nuestras hormonas creaban en nuestro organismo, llegamos a tener sexo en las situaciones más ridículas.
Por ejemplo, casi todos los pendejos de Ituzaingó y zonas aledañas, íbamos a bailar a un boliche que se llamaba “American Wave”. Siempre que iba, veía a Chiro de la mano de una doncella distinta. Una vez, lo vi en la barra con su novia del momento y otros amigos, conversando y riéndose. Yo lo miraba desde el otro lado de la pista. Mientras lo observaba, recordé algunos buenos polvos que habíamos vivido y tuve una erección casi automática.
Envalentonado por mi nuevo amigo: El alcohol; me acerqué y le pregunté al oído:
“¿Cuando cogemos?”
“Cuando quieras”, contestó después de darle un pico a su chica.
“Ok. ¿Mañana qué haces?”. A esto le siguió una meditada pausa, hasta que dijo:
“Anda para el baño de arriba. Ahora”
Subí hasta el baño y me metí en un cubículo. Un rato más tarde, Chiro entró y cerró la puerta tras sus espaldas. Mientras esta niña se preguntaba que estaría demorando tanto a su novio, Chiro gemía en mi oído, cubierto en transpiración. Nadie jamás sospechó nada. Sabíamos cubrir nuestras huellas y disimular todo.

En el año 1992, Chiro se había convertido en el rey de la noche y en uno de los chicos más populares de la zona. Siempre estaba rodeado de gente diferente. Todos lo querían y festejaban sus chistes. Su éxito con las mujeres, le ganó el respeto y la admiración de sus amigos varones.
Así como crecía su popularidad, crecía su soberbia. Se rebelaba constantemente contra todos los adultos, sobre todo si eran profesores de colegio, y la mayoría de las veces sin razón justificada. Del tierno niño que supo ser en un momento, no quedaba ni el más mínimo rastro. Se estaba transformando en una persona muy agresiva. Quienes lo conocían desde su etapa rebelde quizás no lo notaban.
Los que lo conocíamos de niño, si.
De a poco empecé a ver a Chiro rodearse de toda la escoria de Ituzaingó y Castelar. Todo chico que hubiera sido expulsado de algún colegio, que tuviera historial delictivo o violento y problemas con drogas (especialmente Cocaína), seguramente estaba dentro de su lista de gente frecuentada.
Una noche, lo vi salir del baño de un bar con los ojos totalmente desorbitados y la mandibula desencajada. Parecía otra persona. Una persona que daba un poco de miedo, debo admitir. Al cruzarme, me llevó por delante y no me reconoció. Le agarré el brazo y le dije:
“¡Chiro! ¿Estás bien?”
Se dio vuelta asustado. Me miró pero le costó darse cuenta de quien era.
“¡Eh! ¡Marce! No te vi, disculpá. Está medio oscuro acá, viste. Paso por tu casa mañana, ¿te parece? Hace mil que no nos vemos...”
Mientras hablaba siguió caminando, salió del bar y se metió en un auto. No necesito decir que al otro día no apareció por mi casa. Dudo que recordara que me vio o que hablamos.

Los hombres heterosexuales en su adolescencia, muchas veces piensan que denigrar a una mujer los hace quedar ante los otros hombres como “flor de machos” (muchas veces, después de la adolescencia siguen siendo así). Chiro, supuestamente, era el macho de machos, entonces cuando hablaba de las mujeres que pasaban por su cuerpo, le daba rienda suelta a su lengua y solía mejorar las historias según su conveniencia.
En presencia de una mujer, sin embargo, era un perfecto caballero.
Me acuerdo que una vez estábamos esperando juntos el colectivo. En una pared había una leyenda escrita con aerosol que decía: Chiro, nunca te voy a dejar. Te amo. Me dijo que eso lo había escrito Carla, una chica que yo conocía porque iba a mi colegio, al turno mañana. Carla era un año mayor que él y habían salido durante unos meses:
“¿Ves ese graffitti?Me da risa que diga Chiro, nunca te voy a dejar. En realidad quiso poner Chiro, nunca te voy a dejar que NO me cojas. Esa puta lo único que quiere es tener una poronga entre las gambas. Me entregó el orto la segunda vez que cogimos. ¡Como le gusta la pija!”.
Resultó ser que Carla, la puta en cuestión, quedó embarazada de Chiro (o por lo menos, eso alegaba ella). No se exactamente como se sucedieron los eventos, pero la joven se hizo un aborto. Chiro no tuvo mejor idea que comentárselo a un amigo suyo, muy poco discreto, que no soportó tener toda esa carga de información sin divulgarla. Pronto el rumor estaba en boca de todos y Carla quedó públicamente humillada.
Un mediodía, en la esquina del colegio, presencié una escena digna de un programa de Lia Salgado. Carla estaba gritándole a Chiro con todas sus fuerzas y cacheteandolo mientras unas amigas suyas trataban de detenerla. Lo tenía arrinconado contra una pared y le daba puñetazos y patadas mientras él se cubría la cara con los brazos. Se escuchaba que gritaba:
“¡La puta que te parió! ¡¿Por qué me tenías que arruinar así?! ¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar! ¡¿Me escuchaste, pedazo de mierda?!”
Sus amigas desesperadas trataban de frenarla, pero ella se había comido la espinaca de Popeye y no había quien la detuviera. Un segundo después, dos preceptores del colegio estaban separandolos y se llevaban a Carla ahogada en llanto, mientras Chiro corría lo mas rápido que le daban sus piernas.
Parece que Chiro le había contado a su amigo lo del embarazo y lo del aborto. También le había dicho que no había forma de saber si él la había embarazado porque la muy trola cogía sin forro y con varios a la vez. Los pibes en el colegio comentaban:
“Qué bajón boludo que una mina te quiera engrampar con el hijo de otro. Las minas son tan putas”.
También escuche:
“¡Obvio que no era de Chiro! La mina es una tremenda puta. ¡Cogieron la primera vez que salieron!”
La verdad no la sabía nadie, pero todos preferían creerle al macho antes que a la puta que gritaba. Yo conocía bastante poco a Carla, pero sabía lo suficiente de Chiro como para intuir que cosas era capaz de hacer.

Chiro nos había dado, a quienes lo conocíamos, varias sorpresas estos últimos años, pero faltaba la más grande de todas.

La que nos daría unos días después...


CONTINUARÁ...

viernes, 12 de septiembre de 2008

Chiro (Parte 4)

Para entender esta historia necesitas leer las partes anteriores. Podés encontrarlas luego de este post, o todas juntas haciendo click aquí

Esa fue mi última noche de virginidad.
Bueno... por lo menos lo era para la zona de mi cuerpo que rellenaba el calzoncillo. El resto de mí, hacía un tiempo ya que había dejado de serlo. Por esta única vez, no voy a entrar en detalles, solamente quiero señalar que finalmente entendimos donde tenían que ir las cosas y como lograr que se produzcan. Es verdad que uno no necesita maestro para esto. Se aprende solo.
Debo decir que la experiencia fue similar a la que tuvo Jim Carrey en Truman Show cuando abre la puerta del cielo falso, y sale al mundo real. Desde lo que nosotros llamábamos “tener sexo”, hasta ese entonces, a lo que hicimos en el terreno de la vuelta, calculo que habría por lo menos seis o siete planteas de distancia.

Durante el resto de las vacaciones nos convertimos en dos maniáticos sexuales insaciables. Era casi lo único que nos importaba. Cualquier excusa era buena para pasar por la casa del otro y sacarse la calentura: pasear al perro, ir a hacer los mandados, sacar la basura, etc. Si Chiro venía de ver a “su novia”, quien no dejaba que él le haga ni si quiera un octavo de lo que yo le hacía, nuestro sexo era multipolvico. Las veces que yo le preguntaba sobre su chica y la relación que tenían, el siempre encontraba la forma de evadirse y la mayoría de las veces terminaba usando su frase de cabecera: “Marce, coger es de machos”.

Durante esas vacaciones nunca tuvimos sexo en mi casa. Yo estaba siempre temeroso de que mi mamá nos volviera a pescar in fraganti, entonces trataba de que nuestros encuentros sucedieran en otros lugares. De vez en cuando se ponía pesado y me pedía que entráramos porque le gustaba mucho usar la cama. Yo me negaba rotundamente, y finalmente se iba, pero ya no pateaba piedritas ni se ponía a llorar. Había comprendido que de esa forma se alejaba aún más de su objetivo, y ademas estaba un poquito más grande.
Un día volvíamos de la inauguración de una pizzería cerca de la estación, que por ser su día de apertura te regalaban porciones de pizza gratis. Cuando llegamos a la puerta de mi casa me pregunta:
“¿Está tu vieja?”
“Boludo, ¿no te cansas de preguntarme siempre lo mismo? Ya sabés como son las cosas”
“Entramos un momento nada mas. Un ratito. Te prometo que esta vez es un ratito solo, y cuando vos digas, cortamos”
Me estaba entregando el poder en bandeja.
“¿Y cuando tengamos que cortar no vas a empezar a ponerte loco como siempre?”
Esbozó una sonrisa y metió una mano por adentro de mi remera:
“Ahora me estoy poniendo loquito...”
Me olvidaba que esa era la razón por la que aveces no le abría la puerta. Su poder de persuasión verbal no tenía tanto éxito por si solo, pero cuando me tocaba, todo se iba a la mierda.
“¡Pará! Nos van a ver. Dale, entremos”.
Ese fue nuestro último encuentro sexual esas vacaciones de invierno. Nos despedimos por lo menos tres veces esa tarde. Cuando terminó todo nuestro desenfreno estábamos realmente cansados. Yo sabía que mi vieja no iba a volver hasta la noche porque estaba trabajando, así que no tenía apuro por echarlo. Mientras acomodaba mi pieza y me vestía, él me miraba desde la cama, acariciándose la panza. Cuando me miraba con esa sonrisa de costado, sin decir nada, me ponía nervioso. Sabía que su cabeza estaba trabajando. Sabía estaba pensando cosas y sacando conclusiones, pero nunca decía nada. Siempre se guardaba todo.
“¿Por qué coges conmigo, Marce?”, preguntó finalmente.
La pregunta me agarró desprevenido. Nunca hablábamos de porque hacíamos lo que hacíamos, solamente lo hacíamos.
“No se...”, era obvio que la pregunta me había puesto nervioso, y el lo notó. “Por lo mismo que vos coges conmigo”.
Volvió a sonreír y se puso a inspeccionar el techo, mientras pensaba en que otra cosa para incomodarme podía preguntar.
“A vos no te van las minas ni un poco.” Y esa no fue una pregunta.
“¿Qué?”
“Eso. A vos te gustan solamente los pibes. Eso de que te gustan las minas es mentira.”
“¿Y a vos entonces? Recién nos echamos tres polvos.”
“Pero es re distinto, vieja. A mi me van las minas, pero es difícil cogértelas. Dan muchas vueltas. Les tenés que hacer la cabeza, llevarlas a pasear. Yo la quiero poner. Con esta mina hace como dos meses que nos estamos viendo y todavía ni le pude tocar las tetas”, en ese momento se paró y empezó a dar vuelta su ropa para vestirse. “Con vos la paso muy bien. Ademas, cada vez que estoy caliente te vengo a buscar y vos siempre querés. Si tuvieras concha serías la novia ideal”

Le hubiera reventado el cráneo con un palo de amasar.

Lo odiaba. Lo odiaba porque el podía estar con una mina y tener una erección. Lo odiaba porque había logrado que me pusiera nervioso. Lo odiaba porque no podía ser mas rápido que él. Lo odiaba porque él había descubierto mi debilidad, y ya no había vuelta atrás. Lo odiaba porque mientras lo odiaba, le hubiera sacado la ropa y me hubiera echado un cuarto polvo.
“Vos no sabes lo que hago por ahí. No estás todo el tiempo para verme con minas”.
No se como no me dio miedo que las paredes se caigan de la vergüenza. ¡Por Dios! ¿De dónde sacaste que ibas a poder mentir tan mal y salir triunfante de la situación! Obviamente, Chiro se cagó de risa como si le hubiera contado algún chiste racista.
“¡Marce, dale! Si sos solamente puto, no pasa nada. ¡Viejita!”
Ese viejita me estaba cansando, y en este momento particularmente, estaba de muy mal humor.
“No me digas viejita, ¿estamos?”.
“Qué chabón mas raro que sos, ¿sabías?”
No quería darle el gusto de ver mi cara de orto entonces terminé de vestirme y me puse la campera para salir. Abrí el cajón de mi mesa de luz, saqué unos guantes y... ¿y la plata? La plata no estaba. Cuando llegamos estaba porque me había dejado el cajón abierto y se asomaba el fajito por debajo de los guantes... pero ahora no estaba.
“Chiro... acá había guita hasta hace un rato”. Me miró sin decir nada, como esperando a que yo dijera algo más.
“¿Y a mi qué me decís? ¿Yo qué tengo que ver?”, se hacía el sorprendido como si no entendiera.
“Y si boludo, tenés mucho que ver, porque si veo una cosa acá y al ratito cuando vuelvo a mirar, no está y somos solo dos personas... ”
“Mirá si te voy a sacar la guita, Marce. ¿Como estás de atacado boludo hoy eh? ¿Tanto te jodió que te diga que sos puto, vieja?”
Ese vieja fue la gota que rebalsó el vaso. Le di un empujón que le hizo darse la espalda fuerte contra la pared. El golpe resonó en toda la habitación.
“¡Chorro de mierda, devolveme la guita!¿Sentiste? Y si soy puto, ¿cual es? Que yo sepa acá estuvimos cogiendo los dos, no yo solo. Y antes que yo vea una verga por primera vez vos ya te lo estabas comiendo a Martincito. Así que ¿por qué no cerrás bien el orto?”
“Me tocas una vez mas y te re cago a golpes”, dijo mirándome amenazador.
“Era verdad que había que tener cuidado con vos. Sos un chorrito de mierda. Igual que tu hermano”
¡Plaf! El cachetazo resonó en la habitación varias veces más fuerte que el golpe que yo le había dado a Chiro. Creo que la razón por la que mi cabeza no giró sobre su eje como la de la chica de El Exorcista, es porque la tengo pegada al cuerpo con más firmeza que el resto de la gente. Perdí el balance y me caí sobre la mesita de luz.
(Ante los sucesos relatados me veo en la obligación de aclarar que uno de los hermanos de Chiro se encontraba preso por robo hacía casi dos años.)
“Nunca se te ocurra volver a decir nada de mi hermano porque te reviento. A vos y a tu vieja. Vos no sabes nada, ¿ok? Sos un putito de mierda que ahora te haces el malo pero después vas a venir llorando a pedirme que te de masa. ¡Gil!”
Dio un portazo y salió de mi casa. El cachetazo ese había sido tan inesperado que me quedé tirado arriba de la mesita de luz durante un rato, tratando de entender que había pasado.
Al otro día me volví a Entre Ríos. No volví a ver a Chiro hasta el año siguiente. Los dos habíamos pasado el verano en lugares distintos. A fines de Febrero, cuando la familia había regresado de sus vacaciones, empecé a comprar en el almacén su padre nuevamente. Siempre nos veíamos y nos saludábamos cortesmente, pero nunca hablábamos. Aparentemente, seguíamos profundamente ofendidos y disgustados el uno con el otro. Sin embargo, nuestros ojos se encontraban en algún momento y podría jurar que por un instante los dos teníamos la misma idea: “Si no fuera que no te banco... ¡como te daría!”.
Un mediodía, yo estaba comprando en el almacen, había varias personas que estaban esperando ser atendidas. En eso veo que se asoma Chiro por la puerta trasera, en cuero, bermudas y bincha (Si. Fue un momento polémico en los noventa para los varones, en el que se dejaban el pelo largo hasta la nunca y se ponían una bincha de plástico). Me hizo señas, yo le pedí permiso a Mario y lo seguí. Cuando salimos por la puerta trasera, Chiro me dijo que lo siguiera hasta la terraza:
“¿Como andas?”, me preguntó una vez en la terraza.
“Bien por suerte”. Le hubiera sacado la bermuda antes que hablara. El verano había sido largo...
“No te quise pegar la otra vez”, mintió Chiro
“No te quise decir chorro”, mentí yo
“¿Amigos?”, preguntó el pendejo mientras me mostraba su sonrisa compradora. Al decir esto, me ofreció su mano.
“Amigos”, contesté yo y se la estreché.
Ni bien nos dimos la mano y sacamos del medio el problema que se interponía, nos dimos el beso más hambriento de nuestra vida. Un beso que dejaba perfectamente en claro para los dos, que los meses de abstinencia sexual y masturbación habían sido larguísimos.
Tratamos de recuperar todo el tiempo perdido con un polvo hiper liberador, sobre una lona verde que había en la terraza. Tuve que taparle la bocha porque el orgasmo le hizo elevar mucho la voz, y abajo estaba Mario atendiendo a sus clientes.
Recostado sobre la lona, con mis piernas enroscadas a la cintura de Chiro, pude apreciar que el chico estaba creciendo. Sus rasgos se estaban volviendo mas duros y varoniles. Sus lampiñas piernas, ahora tenían vello. Su torso infantil se había puesto mas sólido. Lástima la bicha de plástico...
Me miró a los ojos y susurró “No sabes como necesitaba esto”. A lo que yo respondí: “Y yo ni te cuento”. Los dos nos reímos un momento. Chiro estiró una mano hasta su bermuda y sacó del bolsillo una especie de papel glacé doblado en cuatro. Aún con una sola mano lo abrió y en su interior pude ver que había un polvo blanco. Ahora bien, yo en esos tiempos no sabía mucho de nada, pero cuando pasó su dedo por el polvo blanco y lo aspiró, sabía que esto era algo no apto para todo público, o por lo menos, no para un pibe de 14. Después de aspirar el polvo blanco se recostó sobre mi. Yo estaba bastante shockeado, como te imaginarás
“Y eso qué fue?”, pregunte tímidamente.
“Cosas que uno hace”, dijo sin darme mucha bola. “¿Vos crees que vamos a seguir haciendo esto hasta que seamos grandes?”
“No se... no se...”, dije todavía sin recuperarme de ver a Chiro tomar pala.
La realidad es que no íbamos a seguir haciendo eso hasta que fuéramos grandes. Por lo menos, no juntos. Resultó ser, que ese polvo blanco que Chiro llevó hasta su nariz, era solamente un eslabón en una cadena de cosas de él que no conocía...

CONTINUARÁ

martes, 9 de septiembre de 2008

Chiro (Parte 3)

Para entender esta historia necesitas leer las partes anteriores. Podés encontrarlas luego de este post, o todas juntas haciendo click aquí

¿Quién era este extraño qué estaba parado en la puerta trasera del almacén?
A ver... era claro que se trataba del mismo Chiro que apaciguaría su fuego pasional conmigo sobre los pastizales del terreno baldío a la vuelta de mi casa, pero se había hecho un Extreme Make-Over y había pegado un pequeño estirón.
Su cambio de apariencia hoy por hoy daría un poco de risa, pero en ese momento Chiro se había convertido en un prototipo del adolescente de los noventa. Tenía el corte de pelo que usaban Pablo Ruíz, Ricardo Montaner y Miguel Mateos en esa época (si no te acordás como era, Google tal vez te ayude), una remera blanca que le quedaba un poco holgada y una campera de cuero negra con tachas y muchos cierres. Sus shorts habían sido reemplazados por unos jeans gastados con una rodilla rota y desflecada. Para coronar el atuendo, el muchacho lucía unos borceguíes negros; también gastados, por cierto. Había que ponerle onda, viste.
“¿Como anda, vieja?”
¿Vieja? ¿Me dijo vieja? Era la primera vez que escuchaba eso.
“Bien. Todo bien. Llegué hoy a la mañana. Qué... distinto”.
“Ah, sí. ¿Viste?”. Se me estaba haciendo el canchero y su performance apestaba. ¿Podrá ser que tenía la voz más grave también? Hasta donde recuerdo estuve ausente solo cinco meses...
El pendejo insolente caminaba hacia mí como Dylan McKay (Beverly Hills 90210), arrastrando sus borceguíes en el proceso. Cuando llegó hasta donde estaba yo, estiré mi brazo para darle la mano. Él, sin embargo, ignoró mi mano y me dio un beso en la mejilla. Yo, sorprendido, me alejé y miré a Mario que nos observaba sonriente. Mario no parecía haberse inmutado de ver a su hijo besar públicamente a otro varón. Acá pasaron cosas extrañas durante mi ausencia.
“Che, escuchame una cosa. Tengo que ir hasta la estación a comprar un repuesto del auto para mi hermano. ¿Venís?”. Cuando terminó de decir esto me hizo una de las sonrisitas que a mi me gustaban. Las típicas sonrisas Chirescas. Obvio que acepté.
“Si, dale. Vamos”.

La actitud del Chiro que me recibió en el almacén me desconcertaba y no podía hablarle como siempre. Ninguno de los dos parecía tener nada para decir, así que caminamos casi en silencio durante un par de cuadras. Finalmente decidí romper el hielo y le pregunté sobre el colegio. Él me preguntó sobre Entre Ríos y lo que estaba haciendo ahí este año. Cosas que a ninguno de los dos nos importaban, básicamente.
Después de comprar el repuesto para su hermano, emprendimos la caminata de regreso. Mientras caminábamos me contó un par de chismes barriales. Me contó también que iba a bailar a un boliche que se llamaba “Chocolate” que quedaba por no se donde. Yo nunca había pisado un boliche. Me contó que se había agarrado un par de “mamuas” con sus compañeros de colegio. Yo nunca había tomado una gota de alcohol, ni pensaba hacerlo porque era pecado. Me dijo que ahora estaba escuchando un grupo que le copaba que se llamaba “Ireishon”. Nunca había escuchado hablar de ese grupo porque en esa época no escuchaba casi nada que no fuera música religiosa (Además, el verdadero nombre del grupo era “Erasure”).
En resumen, nuestras vidas habían comenzado a tomar desvíos opuestos. Si antes teníamos poco en común, ahora prácticamente nada.
Excepto esa atracción mutua que no podíamos controlar.
Ese deseo ingobernable que tantas vec...
“Che, yo acá te dejo porque voy a pasar un toque por la casa de la mina con la que estoy saliendo. ¿Te jode, vieja?”.

¿Perdón? ¿Dijo la mina con la que estoy saliendo? No puede ser. No dijo eso. ¿O lo dijo?

Fue como un cachetazo con un guante de clavos. Él aveces hablaba de chicas y decía que le gustaban, pero yo decía esas boludeces también. Pensaba que en definitiva, estábamos en el mismo bote. Es decir, eramos heterosexuales pero todavía no habíamos superado unas cuestiones del crecimiento y de la definición de no se que (Había escuchado que los jóvenes podían atravesar etapas de indefinición sexual, entonces albergaba la esperanza de que mi enfermedad tuviera una cura eventual).
“Ah...” ¿Y ahora que carajo digo? “Vos... ¿estás de novio?”
“No. Bah, mas o menos. Estoy rompiendo un poco las bolas con una pendeja de segundo”.
“Mira vos, che... ¡Qué bueno!”. Ese entusiasmo no me lo creía ni Cristo.
“Si. Está buena la mina. Me la quiero coger pero está complicado. No quiere saber ni mierda”.
Ahí está, lo tenía que decir y refregarmelo por la cara. ¡Se la quiere coger! Eso era algo que hacía solo conmigo. Bueno, y antes que conmigo, con el otro vecinito. Además, tiene trece años. ¡Los chicos no se cogen minas a esa edad a no ser que sean del campo! ¡Quiero romper todo!
“Claro... si... me imagino”. ¿Qué mierda podía comentar al respecto, si cuando hablaban de mujeres yo podía opinar tanto como si hablaran de lobos marinos?
“Bueno, vieja. Te dejo. Si querés, más a la noche, pasate por casa. Vienen El Mugre y Leandrito”.
“Si. Después paso”. Y me volvió a besar en público. Yo miré hacia los costados para cerciorarme que no hubieran testigos. Me iba a llevar un tiempo acostumbrarme a esta nueva moda.

Era obvio que no pensaba ir a su casa. El Mugre y Leandrito me chupaban bien un huevo, yo lo que quería era estar con él. Lo vi alejarse canchereando con sus borceguíes gastados hacia la casa de “su novia”. Estuve a punto de seguir el camino a casa, pero en vez de eso, cruce y me senté en un banco de la plaza a dejar que el sol me haga las caricias que Chiro no me iba a hacer.
Me sentía desilusionado y ridiculizado. ¡Qué suerte que no dije nada al respecto de nuestros encuentros! ¡Qué suerte que no le pregunté si se le había pasado el enojo! ¡Qué suerte que nunca mencioné las ganas que tenía de tocarlo! ¡Qué bronca que tenía!
En algún lado de mi cabeza tenía esta tonta idea de que el tiempo se iba a detener en el momento que yo me subiera al micro en Retiro, y que Chiro iba a quedarse contando los días que faltaban para mi regreso. Me equivocaba. El tiempo no espera a nadie.
Aparentemente, mi primer amante había logrado definirse y yo seguía siendo el enfermito del barrio. La intimidad que tenía con Chiro, no solo me daba momentos de placer; también me hacía sentir acompañado en un lugar en el que siempre estaba solo.

Un par de días después, estaba en mi casa viendo que entretenimiento de vacaciones de invierno podía encontrar, cuando siento que golpean la puerta. Me asomo por la ventana, y veo a Chiro, muerto de frío con un gorrito y una bufanda tapándole la cara. No esperaba la visita:
“¡Ey! ¿Qué haces?”
“Todo jamón ¿Como anda, vieja?” Cada vez que me decía vieja algo me hacía cortocircuito.
“Bien. No tan cagado de frío como vos. “
“Si, está jodido. Che, ¿qué estabas haciendo?”
“Nada. Estaba medio aburrido. Viendo que se podía hacer hoy. ¿Querés pasar?”
“No. En realidad te iba a preguntar si no me dabas una mano con una cosa”
“¿Qué cosa?”
“Ando medio mal en Inglés viste, no entiendo un joraca. Por ahí vos me podías tirar una soga”
¿Quería que le ayude con cosas del colegio en vacaciones de invierno? Esto era medio sospechoso. Pero bueno, él ahora estaba en otra así que mejor que no me hiciera ilusiones que no se iban a cumplir. Ayudar a alguien a estudiar inglés en vacaciones de invierno no es mi idea de diversión, pero no tenía otra cosa que hacer.
“Bueno. Un rato nomas. Estamos de vacaciones, no se si te enteraste...”
“Si, dale. Un toque nomas. ¡Que grande, viejita!”
Decime vieja una vez mas, dale...
Una vez que estábamos en su pieza, traté de explicarle lo que no entendía (que era todo), pero no había forma. Este chico no tenía facilidad para los idiomas y mucho menos voluntad. Mientras yo buscaba formas de explicarle la diferencia entre los verbos regulares y los irregulares, el canturreaba la canción de “Ireishon” que sonaba en el radiograbador. Yo lo miré ofuscado. Él se empezó a cagar de risa mientras seguía cantando. Dejé la birome sobre el cuaderno y le pregunté:
“¿La cortamos con Inglés por hoy?”
“Si, man. Ya estoy cansado”
“Bueno. Voy yendo para casa entonces”, dije mientras me levantaba del piso.
“Esperá...”. Me agarró el brazo con una mano y con la otra subió el volumen del grabador. Se puso de pié el también y me miró con la picardía que lo caracterizaba. Se acercó hasta mi oído y me dijo:
“Primero el deber... después el placer.”
Dicho esto, tomó mi cara entre sus manos y me besó. Esta vez el beso fue diferente. Fue un beso suave al principio, pero iba acrecentando su intensidad a medida que los segundos pasaban. Fue un beso que hablaba de tiempo transcurrido y experiencia adquirida. Fue un beso que hizo que mi ritmo cardíaco se acelere y que mi masculinidad se ponga rígida instantáneamente. El resto de mi cuerpo se quedó inmóvil recibiendo a Chiro, dándole la bienvenida. La campera que tenía en la mano cayó al piso.
En ese momento, soltó mi cara, detuvo su beso y me preguntó:
“¿Todavía te querés ir?”
“¡No!”
“¿Vamos acá a la vuelta un ratito?”
“Si... pero pensé que...”
“¿Qué?”
Me tenía atrapado exactamente en donde él quería. Y tenía solo trece años. Trece. El demonio que llevaba adentro, como llegaría a comprobar en poco tiempo, estaba recién saliendo del cascarón...

CONTINUARÁ


domingo, 7 de septiembre de 2008

Chiro (Parte 2)

Para entender esta historia, tenés que leer la primer parte. La podés encontrar después de este post, o haciendo click aquí


¡Uy! ¡La puta que lo re parió! Era mi vieja. ¡La concha de la lora! ¡Iba a venir tarde, dijo! Pronto, la ropa. Chiro seguía acostado como si no pasara nada.
“¿Qué hacés ahí? ¡Levantate pelotudo! ¡Apurate!”. Estaba en un ataque de desesperación de los que me vuelven inoperante y lo único que hacía era dar vueltas sin resolver nada. Chiro se levantó, se puso el calzón y el short y se metió abajo de la cama.
“Marce, ¿con quién estás?”, preguntó mi vieja desde la cocina.
“¡Nada ma! Estamos acá viendo unas cosas en la tele”, después de vociferar esta mentira me agaché y le susurré a Chiro “¡Salí de ahí! ¡Se va a dar cuenta!”. Alguien que esconde cosas y todavía no domina bien el arte de mentir, siempre entra en esa paranoia. Mientras Chiro salía de abajo de la cama, mi mamá entró a la pieza. Se quedó en la entrada con una cara de acá-está-pasando-algo-turbio que me dio miedo. Tenía el corazón que se me salía por la boca:
“¿Qué estaban haciendo acá?”, dijo con una ceja levantada. Si mi vieja levantaba la ceja estaba todo para el orto.
“Nada, Doña. Estábamos viendo un cacho la tele”. Mi vieja dirigió su mirada al televisor... que estaba apagado y dijo “Marcelo me tiene que ayudar con las cosas de la casa, Chiro. Anda yendo”. Chiro agarró una gorrita que había traído y antes de salir preguntó: “¿Venís después, Marce?”. Asentí y me fui para la cocina sin decir nada. Mi mamá no dijo nada al respecto en toda la tarde. Negativa maternal, le llamo yo.

Nuestros encuentros sin ropa eran cada vez mas frecuentes. Las luchitas en torso dejaron de funcionar como excusas para bajarnos los pantalones, ya sabíamos lo que queríamos. Y mientras más nos encamábamos, mas descubríamos. No hablábamos del tema, simplemente después de acabar por ahí nos preguntábamos “¿Te gustó?”. Eso era todo.
Toda mi culpa, remordimiento y vergüenza después de mis orgasmos, fue creciendo a medida que seguíamos repitiendo lo que se nos estaba transformando en vicio: Yo tenía claro que lo que estaba haciendo ofendía a Dios. Estaba pecando y la paga del pecado es la muerte.

Un día, cerca del final de las vacaciones, Chiro me vino a buscar para ir al baldío de la otra cuadra, donde aveces nos metíamos para hacer “nuestras cosas”. Yo le dije que no quería que siguiéramos haciendo eso, que estaba mal y que si seguíamos así nos íbamos a convertir en putos. ¡Que inocencia, mi ángel!
“Pero no te entiendo que pasa. ¡Dale! !Un rato nomas!”
“No, Chiro. Ya te dije que no se puede. Sino después vamos a terminar siendo putos”.
“Nada que ver. Mirá si yo voy a ser puto con lo que me gustan las minas. Además, coger es de machos”, fue lo único que se le ocurrió para "seducirme”.
“Bueno, no. Ya te dije. No me sigas hinchando porque no podemos”.
Chiro se fue de la puerta de mi casa haciendo pucheros y pateando piedritas que encontraba por el camino. No le gustaba que le digan que no. Las siguientes veces que fui al almacén de su casa, él siempre se quedaba del otro lado del mostrador y ya no me saludaba. Con esta actitud él esperaba que yo viniera a suplicarle que siguiéramos pecando, y yo tenía demasiada culpa como para que eso sucediera, si bien me moría de ganas. De esta manera, los días pasaron y no volvimos a tener ningún tipo de contacto.

Finalmente, las vacaciones concluían y yo me volvía a Entre Ríos. No sabía aún cuando iba a regresar. Mientras armaba mi bolso y mi mamá estaba de compras en la feria, Chiro tocó a la puerta:
“Hola. ¿En qué andas?", le pregunte haciéndome el casual.
“Nada. Terminamos de comer hace un rato. ¿Vos que hacías?”
“Me estaba preparando el bolso”
“Estoy aburrido. ¿Querés que te ayude?”.
Ah... ¿qué te puedo decir? Esos ojitos dormilones, es boca grande y esos cachetes, simplemente me tentaban demasiado. Era como ver un plato de comida caliente después de varios días de ayuno. ¿Como es posible que pudiera transmitirme tanta sensualidad? Nos miramos un momento después de su última palabra y no se necesito decir más nada.

Perdóname, Padre... fui débil.

Abrí la puerta y Chiro se abalanzó sobre mi. Tomó mi cara entre sus manos y me besó apasionadamente. Me dio una gran sorpresa que no esperaba. Se muy bien que jamás nos habíamos besado durante nuestra intimidad. Había hecho un par de intentos pero él siempre me corría la cara. Creo que en su cabeza, él no era puto si no le daba un beso a otro chico, pero sus deseos no consumados de los días pasados lo habían dejado con ganas de llevarse todo por delante. Nos arrancamos la ropa el uno al otro y cuando ya estábamos en pelotas, nos devoramos. No sabíamos que hacer primero, fue erótico pero desorganizado.

Ya habíamos incursionado en el sexo oral hacía un par de semanas. Él parecía disfrutarlo mas que yo. A mi me parecía un poco monótono y cansador. Además, si no se atrevía a besar un varón, menos se iba a atrever a chupar una pija, por lo cual, la atención nunca era recíproca... no se si me entendés.
Esta vez hizo algo que me sorprendió y marcó mi sexualidad para siempre. Se arrodilló en frente mío, como para devolverme uno de los tantos favores que me debía, pero en vez de hacer lo que yo pensaba, me hizo girar. Yo muy sorprendido no entendía que me estaba queriendo decir. En ese momento, hundió su cara entre mis nalgas e hizo las cosas mas raras del mundo. ¿Como podría explicar? Me quitó la respiración. Me interrumpió el pensamiento, podría jurar que por unos instantes mi cabeza estuvo totalmente en blanco. Nunca me hubiese imaginado que una sensación como la que estaba teniendo pudiera ser posible. Después se incorporó y me hizo dar una vuelta sobre mi eje y empezó a besarme otra vez como loco:
“¿Cuando volvés?”, me preguntó entre jadeos
“No se bien. Puede ser que en Semana Santa”, le dije, medio grogui.
“Es un montón de tiempo. Vamos a la pieza”.
Fuimos a la pieza, nos tiramos en la cama y seguimos rozando nuestros cuerpos. En un momento me dice cerca del oído:
“¿A vos te gusta cuando te cojo?”
“No se. Me parece que es medio aburrido. ¿A vos te gusta?”, yo sabía que estábamos haciéndolo mal.
“Me dijeron una cosa. Hay que meterla, pero en serio”
“Si, creo que si. Pero no va a entrar me parece”
“¿Probamos?”
“Bueno, dale”
Intentamos hacerlo varias veces, pero no había forma. No podíamos entender como era que funcionaba la cuestión. En ese momento no sabíamos muchas cosas que nos enteramos un tiempo más tarde. Pensábamos que era solamente darse vuelta y ¡plín! No teníamos idea de que la gente se corre el prepucio, se lubrica y se hacen otros trabajos previos. Tampoco teníamos idea que existía la fricción; para nosotros lo único que teníamos que hacer era meterla y quedarnos así inmóviles de la misma forma que lo veníamos haciendo hasta ahora. Mi mamá estaba por volver de la feria en cualquier momento y no tenía ganas de revivir la situación de la primera vez.
“Chiro, te tenés que ir. Mi vieja va a volver en seguida”
“¡No! ¡Pará! Haceme un poco la paja”, parecía que le estaban sacando el único mendrugo de pan que tenía para alimentarse el resto del mes.
“No empecemos con esto boludo, dale. Paremos acá. La seguimos cuando vuelva”
“Uh, pará pendejo, ¿siempre todo cuando querés vos? Además falta un montón de tiempo para que vuelvas y yo la tengo parada. Vamos al terrenito de acá a la vuelta aunque sea”.
“Chiro, me tengo que hacer el bolso. ¡Me voy dentro de un rato!”
“¿Sabés que? ¡Andate a la mierda también, forro! Después si venís a mi casa te voy a largar al perro. ¡Puto! ”. La indignación lo superaba. Se sentó sobre el borde de la cama mirando hacia un horizonte imaginario. Ponía cara de boxeador esperando a su contrincante.
“Pará che, no digas así. ¿Porque te enojas tanto?", le dije mientras lo agarraba de la cintura.
En ese momento hizo algo que no pude identificar si me enterneció o si me dieron ganas de ponerle un bife. Se puso a llorar. No era un llanto desconsolado, era un llanto contenido y enfurecido. Creo que la razón por la que no me enterneció completamente era porque sabía de donde estaba saliendo ese llanto. Chiro no podía soportar que alguien le diga que no podía tomar lo que él quería. Desde su nacimiento había sido el pequeño malcriado y consentido por todo el mundo, empezando por su familia. Chiro estaba acostumbrado a demandar y obtener, y sobre todo, a siempre tener las cosas bajo su control. El hecho de no poder tener la sarten por el mango, le generaba una impotencia que no sabía como manejar. Yo soy una persona bastante pelotuda, y no es muy complicado obtener algo de mi, pero nunca me banqué la prepotencia. Frente a la exigencia, mi reacción natural siempre fue revelarme, incluso desde mi mas tierna edad. Cada uno es como es...
“Yo después voy a volver y voy a ir para tu casa. Mi vieja va a venir ahora y la otra vez me pegué un re cagaso. No te enojes boludo, dale. ¿No querés que vaya para tu casa cuando vuelva?”
Chiro se tragó los mocos y se limpió torpemente las lágrimas con la mano. Se paró y se vistió sin decir nada. Cunado llego a la puerta dijo:
“Vos sabes que me re gustas. Sos un forro”.
Dicho esto, abrió la puerta y se fue. Yo me quedé mirándolo desde la ventana. Cuando llegó a la puerta de calle, uno de los gatos de mi vieja se cruzó en su camino y le dio una patada que lo hizo volar hasta el paredón del patio.

"Vos sabés que me re gustas"
. Esas palabras quedaron resonando en mi cabeza hasta el día de hoy. A esa edad no se me habría ocurrido decir una frase tan explícita. Mucho menos a otro varón. Pero sin embargo, él la dijo. Y le salió desde el fondo de su alma. Creo que ese fue el último indicio de inocencia que vi en Chiro desde ese día hasta la última vez que la vida nos cruzó, en 1992.

Me volví a Entre Ríos, pero no regresé a Ituzaingó hasta las vacaciones de invierno. El tiempo pasa mucho mas lento cuando uno es un niño. Los fines de semana tardan siglos en llegar y los cambios de mes, eternidades. Los niños también olvidan rápido y logran pasar etapas con más facilidad que los adultos. Cuando empecé de vuelta mi vida en Entre Ríos, tenía la cabeza en otra sintonía y muy rara vez recordaba a mi primer amante. Sobre todo, porque en Entre Ríos tuve otros encuentros cercanos con los que pude practicar algunas cosas. Pero eso ya te lo contaré en otra oportunidad.
En Julio, cuando regresé a Ituzaingó, fui a la casa de Chiro, como había prometido. Al entrar al almacén, Mario me dio una cálida bienvenida y me hizo mil preguntas sobre mi vida en el interior. Después de un rato de charlar me preguntó:
“¿Estás buscando al rompebolas de mi hijo?”. Me causó gracia lo de rompebolas. “Ahora te lo busco”
Me quedé comiendo un grisin que le saque a Mario, esperando la aparición del rompebolas.

Cuando se abrió la puerta, vi a un Chiro que desconocí.
Había atravesado un cambio notorio...

CONTINUARÁ


sábado, 6 de septiembre de 2008

Chiro

Hoy hace dieciséis años que vi su sonrisa por última vez. Pasó mucho tiempo, pero todavía me acuerdo de la ropa que llevaba puesta. ¿Ves? Eso es tener una memoria tortuosa. Llevaba unos jeans gastados un poco rotos en la cola y piernas (se que suena polémico, pero en esa época los usábamos todos), una remera blanca que le quedaba corta, un buzo cangurito azul un poco desteñido y el pelo largo como Bono en Rattle and Hum, como lo usaban también la mayoría de los chicos en los noventa. Era el año 1992. Yo tenía diecisiete años y el dieciséis. Paradójicamente, la misma cantidad de años que hace de la última vez que lo vi. Uff... estoy viejo.

No suelo dar nombres reales cuando quiero proteger alguna identidad, así que como ahora está sonando en la compu Ataque 77, vamos a llamarlo Chiro. Te preguntarás quién es, seguramente. Chiro fue una persona muy importante en mi vida, pero a la vez no. Se que no estoy siendo muy claro, mejor empecemos desde el principio básico:
Chiro y yo eramos vecinos, no amigos. No tenía amigos en el barrio. Sí creo que en algún momento tuve “camaradas circunstanciales”, que eran los típicos vecinitos con los que ocasionalmente jugaba de chico o vivía alguna aventura carnavalera como tirar bombitas de agua, meternos en alguna casa abandonada o irnos en bicicleta hasta San Miguel (la puta que había que pedalear cuando hacíamos eso). Bueno, con Chiro no hice ninguna de estas cosas. Así de estrecha era nuestra relación.

Él era el hijo de un almacenero de mi barrio. Nos conocíamos de siempre, pero no nos dimos mucha bola hasta el verano de 1989. Yo había vuelto por las vacaciones de verano de Entre Ríos (en ese momento estudiaba ahí). Había estado un año entero sin ver casi a la gente del barrio, y ese mediodía fui a comprar víveres al almacén. Mientras estaba charlando de banalidades con Mario, el almacenero, Chiro se asomó desde la puerta del fondo y se unió a la conversación.
Verlo me produjo un extraño deleite. Me impresionó como había cambiado su aspecto de un año a otro. Se había puesto realmente muy lindo. Fue ahí que dejé de verlo como a un niño y descubrí que Chiro se iba a convertir en un flor de potro. Cuando me estaba dando el vuelto, Mario me preguntó:
“Vas esta noche al recital, Marcelito”
“Ah si, ¿vas vos?”, pregunta curiosamente Chiro.
“¿Qué recital?”.
Pensé en las repercusiones que podía llegar a tener en mi vida la siguiente confesión. Decidí que no tengo nada de que esconderme, así que voy a ser valiente:
“El del Banana Pueyrredón. ¿No vas? Es en el Gei”, pregunta el chico animadam ente.
“¡Ah sí, cierto! El año pasado no fui cuando vino. ¿Vos vas a ir?”
“Si, yo voy. ¿No querés venir? La entrada la sacas ahí nomas, en el club”
Quiero aclarar algo en mi defensa. Esa era la época en la que el Banana Pueyrredón tuvo sus cinco minutos de gloria, y no era tan polémico ir a verlo, era bastante popular. Era cuando cantaba “Felicidad No Tienes Dueño” y “Cuando Amas A Alguien” (perdón...)
De repente, me iba con Chiro a ver al Banana Pueyrredón. La vida te da sorpresas. Era raro, que nos hicieramos los mejores amigos cuando siempre había sido “hola chau” la cosa, pero, ¡my God! ¡Qué lindo se había puesto! Tan chiquito y tan trolito... en fin...

Fuimos al recital. Era un poco tierno el cuadro, me imagino. Eramos dos pibes de doce y trece años y estábamos ahí solos, con nuestros shortcitos viendo al Banana Pueyrredón entre un montón de pibes y pibas que bailaban los lentos bien apretaditos. La pasamos bien, recuerdo.
Desde ese día nos veíamos bastante. Estábamos de vacaciones y no había mucho para hacer, entonces íbamos a andar en bicileta, a tomar helados y a boludear con algún otro amigo de él.
Siempre había escuchado el comentario generalizado de que este chico, junto con otra pandillita barrial, eran medio chorritos, que había que tener cuidado con ellos. También había escuchado el rumor de que cuando Chiro tendría diez años, o algo así, alguien lo había sorprendido toqueteandose las partes privadas con otro pibe del barrio. Dato que siempre me pareció interesante... pero viste como es la gente, y más en provincia.

Una tarde que estábamos en mi casa, no me acuerdo como, terminamos jugando a “la luchita”. Esta luchita terminó siendo un poco homo-erótica porque hacía mucho calor, estábamos en cueros, y para poder jugar no nos quedaba otra que agarrarnos y tocarnos. El era bastante mas ducho que yo en estas cosas y me estaba ganando. Cuando me tenía tirado en el piso y aplastado bajo su cuerpo me dice:
"¿Te rendís?”
“Si.” Contesté yo. Pero era mentira. Ni bien se levantó, me tiré encima de él. Me sacó con una mano sola (era bastante fuerte) y me dijo: “Cortala, pendejo. Te voy a bajar los pantalones si la seguís”.
“¿Ah sí? A que no te animás”. Lo desafié.
“Vos no me jodas, si sabés lo que te conviene”. Y yo sabía muy bien lo que me convenía. Me tiré encima de él una vez más y en ese momento me agarró de la cintura y me bajó los pantalones. Ni bien me los bajó, yo se los bajé a él también de un tirón. Los dos nos observamos con detenimiento. Su cuerpo era totalmente lampiño, como el de casi cualquier chico de esa edad. Su piel era bastante más oscura que la mía. No había ni una peca ni ninguna irregularidad en su cuerpo, salvo un lunar en la ingle. Levante la vista y quise mirarlo a los ojos para ver que le sucedía frente a mi desnudez. Chiro se quedó mirando mi pelado sin polera un poco shockeado.
“No lo puedo creer”, dijo sin sacar su vista de mi rígida hombría. “Es re gigante”.
No es que la naturaleza no haya sido generosa conmigo, pero tengamos en cuenta que él tenía pitito de doce años, mientras que yo me había adelantado y tenía pitito de dieciséis. Nuestras diferencias de tamaño eran demasiado notorias, hasta para mí.
Sin decir palabra, estiró su mano hasta mi pelvis y empezó a acariciarme con mucha timidez. Al principio no supe bien que hacer, así que solo me limité a observarlo. El no me miraba, solamente seguía el movimiento de su mano con sus ojos. Después de un rato, cuando vi que los dos teníamos permiso para jugar, empecé a acariciarlo yo también.

Hoy se bien que no era el primer contacto con el mismo sexo que habíamos tenido en nuestras cortas vidas, pero eso es lo especial que tienen esos acercamientos carnales cuando uno tiene esa edad, siempre se sienten como la primera vez y siempre te ponés tenso. Pero es una tensión que disfrutas mucho. ¡Era tan raro estar tocando otro cuerpo! Estar viendo esas partes que uno nunca veía, salvo en el espejo. Los dos estábamos sumergidos en un mundo de descubrimiento y nos analizábamos mutuamente como si el otro fuera un alien.

Después de dedicarle un largo rato a la exploración pélvica, Chiro se tiró en la cama. Yo me acosté a su lado. Este fue el primer momento en el que hicimos contacto visual desde que empezó la desnudez. Chiro tocaba mi cara, pasaba sus manos por mis labios. Yo tocaba su brazo, subiendo por los hombros, volviendo a bajar por su pecho y abdomen. Todo era muy lento y muy suave. Como si fingiésemos que el otro dormía y que había que ir despacio para que no se despierte. Sus manos acariciaban mis muslos y se deslizaban hacia mis nalgas. En ese momento, Chiro me dijo “Date vuelta”. Le hice caso y me acosté boca abajo. El se acostó arriba mío y se quedó así con su cabeza apoyada sobre la mía. Pasaron algunos minutos y seguía inmóvil, sin hacer más nada. No entendía que pasaba. Pasaron unos minutos más y le pregunté:
“¿Qué hacés?”
“Te estoy cogiendo”, dijo él con mucha seriedad.
“Ah...”. A mi no me parecía que estuviera haciendo nada, pero claramente el sabía mas de esto que yo. Después de unos minutos más, le pregunté:
“¿Y estás seguro que es así?
“Si, yo lo hago siempre con Martín”. Ahí apareció la confesión. Era verdad lo del otro vecinito.
“Ah. Está bien”. Me quedé pensando un momento. “¿Te puedo coger yo ahora?”
“Dale”, dijo Chiro mientras se me salía de encima y se acostaba boca abajo. Me subí arriba de él y apoyé mi cabeza en la suya. Ese silencio me estaba incomodando así que le pregunté:
“¿Te gusta?”
“Si, ta bueno”. Pasaron unos momentos y me preguntó:
“Che... ¿nos pajeamos?”.
La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Pajearse adelante de otro? ¿Qué onda? Eso era algo que yo hacía a las escondidas. Sin esperar mi respuesta, se escurrió por debajo mío, se acostó boca arriba y empezó a agitar su pequeño pajarito. Yo no podía parar de mirarlo. Era muy raro. Se hacía la paja diferente que yo. Mientras se pajeaba me miraba y hacía caras raras, me parece que contenía la respiración. Yo empecé a hacer lo mismo que él, pero era muy raro estar haciendo eso adelante de otra persona. Vi como aceleraba su ritmo cada vez más. Con una mano me agarró una pierna y la apretó hasta lanzar un fuerte gemido. Después se quedó acariciándome el muslo con los ojos cerrados. Unos segundos después yo también había concluido.
En el momento que me recuperé del orgasmo me pasó lo que siempre me pasaba en esa época cuando me masturbaba, sentí culpa. Culpa y vergüenza de lo que había hecho. Me levanté y empecé a vestirme rápido. Necesitaba hacer de cuenta que esto no había pasado. Me repugnaba seguir viendo a Chiro desnudo arriba de mi cama.

En ese momento se escucha que la puerta de calle se abre:
“¡Marce! ¿Estás? Vení a ayudarme con las bolsas del super”.

Era mi vieja...

CONTINUARÁ


sábado, 2 de agosto de 2008

Odio Las Drogas Pero Ellas Me Aman 3: Ketamina

Para leer la primer parte de esta serie, hacé click acá.
Segunda parte, hace click acá.

INTRODUCCIÓN

No sabía bien de que droga hablarte después de haber hablado de nuestra querida y frecuentada Marihuana. Como tenía ganas de guardarme un par de cosas para mas adelante, en esta oportunidad te voy a hablar de la Ketamina. Si sos una persona sana (y no sos médico) probablemente jamas la hayas escuchado nombrar. Yo, como no soy medico y tampoco soy sano, no solo que la escuche nombrar sino que en un par de oportunidades la consumí. Lo admito.

La Ketamina es una droga de complemento. ¿A que me refiero con esto? La mayoría de los drogones la consumen para complementar alguna otra cosa con la que ya se dieron. Puede ser que alguien se reuna en una casa, o se vaya a bailar, y consuma solamente Ketamina; pero no es lo habitual.
En estos últimos años, la Ketamina pasó a formar parte de uno de los tantos accesorios de fiestas electrónicas. Muchos consumidores de Éxtasis usan la Ketamina para realzar el efecto del MDMA (Éxtasis) cuando este se está disipando, o para confrontar el bajón que les da que el Éxtasis se este disipando, para lo cual también recurren a la Ketamina. Vale aclarar que esto es algo que hacen algunos consumidores de Éxtasis, no todos; y estoy hablando principalmente de los mas reventados (Disculpen si los ofendo, mis queridos drogoncitos, pero cuanto antes acepten que están hechos mierda, mas fácil va a ser que dejen de estarlo)

¿QUE ES?

Seguramente te estarás preguntando ¿Qué es la Ketamina? Bueno la Ketamina es un anestésico para caballos. Exactamente, caballos y otros animales. La Ketamina produce un efecto disociativo. Hay gente que dice que se sale de su cuerpo, otros dicen que sienten cada parte del cuerpo por separado, otros dicen que no entienden nada de nada. La Ketamina es una droga para administrar en dosis muy pequeñas, porque al igual que con otras drogas como la cocaína, le das de mas y podes terminar charlando con Victor Sueiro.

COMO CONSEGUIRLA

La Ketamina se puede conseguir de las manos de algún dealer amigo en su forma pura, esto quiere decir, en un frasco que contiene el liquido, o también se puede conseguir ya preparada y lista para ser consumida, esto quiere decir, adentro de un papelito hecha polvo. Los papelitos los podes conseguir en cualquier lugar de música electronica. Siempre va a haber pibes que van a pasar por al lado tuyo y te van a decir: "Eh, amigo, tengo Keta. Diez peso el papel lo que vale". Parece que hay un método Utilisima para hacer tu propia Keta que es vertiendo el liquido en un bols de plástico y de ahí al microondas. Pero no tome el curso, así que no sabría explicarte.
La realidad es que la Ketamina puede ser un poco flashera pero es una mierda, y te recomiendo mantenerte alejado de ella, sobre todo si sos una persona que no sabe medirse y que no tiene autocontrol (como yo).

WILD ON EN ESPAÑA

Tuve algunas experiencias con la Ketamina, pero la primera (y sin duda la peor) fue en Barcelona, España. Había salido a sacudir la noche gallega con mi gran amigo Rodrigo. Dimos nuestro cuerpo y alma sobre ese dance floor, pero Rodrigo se tenía que ir a dormir porque al otro día trabajaba. Yo estaba de vacaciones así que le dije “Anda que yo voy a seguir haciendo mi propio Wild On”.
Muchas veces suelo ir de joda yo solo porque me gusta conocer gente y hablar con extraños. ¡Quiero algo significativo de la gente y su cultura!

Esa noche, un chico que me calentaba bastante la parrillada, terminó bailando conmigo cheek to cheek. Estaba con un amigo, que era mas lindo que el incluso, pero hetero (nadie es perfecto). Me costaba mucho entenderme con ellos porque eran Italianos y no hablaban ningún otro idioma. Pude deducir que estaban juntos en un hotel por Barceloneta (ahí al lado del puerto) y que compartían la misma cama. Eso quería decir que si tenía la ilusión de jugar a ser el novio del tanito, me la podía ir sacando de la cabeza. El tano zarpado este, entre dulces besos y caricias, me dio a entender que ir a un hotel no era necesario porque me quería coger en la calle, a la vuelta de la disco. Yo me cague de risa y le dije “Ni en pedo, tano”.
Me entendió. Su amigo que era un poco mas conciliador dijo que ya fue, que nos fuéramos para el hotel los tres y que sea lo que Dios quiera. En realidad no se lo que dijo, pero si se que termine en un taxi yéndome al hotel con los dos tanos.

UN CIERTO HOTEL EN BARCELONETA

Una vez en la pieza, tratamos de hablar un poco pero era al pedo porque nadie entendía nada. Así que nos relajamos, nos tomamos unos whiskola y prendimos un porro. El amigo hetero se tiró en la cama a ver tele. El otro tano y yo, también nos tiramos en la cama al lado de el, pero a ver nuestro propio auto porno. El hetero ni se mosqueaba, nada lo podía sacar de MTV, ni siquiera el hecho de que nos tenía a su amigo y a mi en culo, yaciendo a su lado, con las pollas erguidas como mástiles.
De repente, mi tano dijo que se quería duchar y me dejó a mi ahí tirado en la cama, totalmente desnudo, con el glande lleno de promesas y al lado de su amigo que estaba re bueno(y que podría jurar que mientras miraba MTV se acariciaba el ganso). Esto era demasiado bizarro, así que me levante y me puse la toalla.
Cuando mi amante salió de bañarse, intercambió con su amigo palabras en italiano y después me preguntó si quería Ketamina. Yo había escuchado hablar de la Ketamina y había visto gente consumirla, pero no la había probado hasta ese entonces. Ahora estaba en Europa de vacaciones, haciendo mi propio Wild On. ¡Obvio que iba a probar! ¡Mamá Cora! ¡¿Qué duda cabe?!
Mi inexperiencia con esta droga hizo que yo confiara en mis desvirgadores mas de lo que debía. Mi tano sacó un paquetito con un polvo blanco y armó seis lineas de Keta iguales a las lineas de cocaína. Primero tomó el... snif snif, luego su amigo (que seguía tocándose el bulto) snif snif y después yo... snif snif.
Luego los dos tanos se tiraron en la cama y seguían charlando en su idioma. Yo me prendí un pucho y me puse a mirar por la ventana.

LA EXPERIENCIA CONCRETA

La cosa fue muy lenta.
Unos diez minutos mas tarde siento como una sustancia amarga se desliza por mi esófago. Se me cae el cigarrillo por la ventana, pero me doy cuenta una vez que veo la brasa naranja chisporrotear y caer al vacío. Sequedad. Necesito tomar algo. Trato de darme vuelta. ¡Uy, cuanto que tardé en girar la cabeza! Una vez que la giro veo el resto de la habitación. Este lugar es familiar, es como del barrio. Me parece que vengo acá siempre. Esos dos que están tirados ahí, los conozco. Son del barrio también. ¿De qué barrio? ¿De donde los saqué? Hablan en argento y no puedo entender que carajo dicen. Son argentos, tienen cara de argentos. Pero pará... yo estoy en España. ¿Entonces?
“Che boludo, no entiendo lo que dicen”. Los dos tipos me miran y se ríen. “Dale, boludo, dejen de decir palabras raras. No les entiendo nada.” Me miran de vuelta y se ríen mas fuerte. Ah, no claro. No son argentos. Son los tanos que conocí en el boliche. ¿Pero porque me parece que los conozco? Uh la puta madre, es como todo muy raro lo que está pasando. Está todo bien pero a la vez no entiendo nada, me escucho hablar y me parece que no soy yo. Me da sensación de que estoy tardando mucho en pensar todo.
¡Un espejo! Ahí estoy yo. Que raro que me veo. ¡Estoy en bolas! ¡Qué vergüenza! Ah no, todo bien, somos todos varones. ¿Con cual de los dos iba a coger yo? Ah si, con el grandote. Tiene la boca media torcida ahora. Hace caras raras. Uy me da miedo, ahora ya no quiero me parece. Bueno, por ahí un ratito si.
Me muevo y todo se siente muy raro, demasiado raro. Es como si el aire fuera espeso. ¡Puta que lo parió, me quiero mover normal! “Che boludo, concha del pato, ¿que carajo me dieron?”.
El tano quiere que vaya para la cama. Se toca el pecho. Lindo pecho tiene. Me hace seña para que vaya con el. ¿Pero como llego? Hace 5 minutos que estoy tratando de dar dos pasos. Me parece que esa mierda que me dieron era muy fuerte, o no se. ¿De qué hablaba?
Ahora estoy al lado del tano. Mmm... que lindos besos. Uh...que bueno, medio raro igual, pero que bueno... ¿y el amigo? Ahí está. ¿Qué hace? Juega al tetris. ¿Juega al tetris mientras nosotros estamos casi cogiendo al lado de el? Esto debe ser una cosa europea.
Uy tengo calor, mucho. Estoy agitado. ¡Me canse de jugar a esto, me quiero bajar! La calefacción está muy fuerte o no se. Esta sensación parece que se va a quedar para siempre. El tano se siente mal. Se acaba de parar y se fue blandiendo el pene erecto hacia el baño con cara de enfermo. ¡Uy que portazo que dio! me asustó. No entiendo nada y esta mierda no para.
¡Ah, Dios! El tano vomitó. Se sintió el sonido del caldo cayendo en el piso. Ahi salió, peor de lo que estaba antes. No me puedo mover, si me muevo se me acalambra todo el cuerpo. Esta encima mio. Me quiere besar. Tiene aliento a bacalao. ¡Me muero del asco!
¿A donde me lleva? Ahora estoy en el baño y sin toalla, lo tengo a el enfrente mio dándome besos en la panza y se sienten como latigazos. ¡Basta! Me agarró ahora. “Pará tano, me siento mal, me parece que tenemos que abortar la misión, boludo” Cierto que este no entiende un carajo. Me mira con cara de Trainspotting. “Lo quiero”, me dice mientras me agarra el culo con las dos manos. Me quiere dar vuelta. Pero ¿que mierda pasó con los modales de la gente? “¡Pará la puta madre, te dije que no quiero!”. Esto es surrealista. Ahi sale del baño el tano todo drogado y con cara de ojete, murmurando alguna puteada en italiano, sin duda. Necesito estar un momento mas acá. No se si quiero vomitar o que, pero este estado es horrible y quiero que se vaya.
Ahora estoy un poco mas tranquilo. Que silencio que hay, ¿se habrán muerto estos dos? Voy a fijarme que onda. Están durmiendo. ¿Y ahora? “Marcello, veni cui”, dice el hetero con los ojos entreabiertos señalandome al hueco que han dejado entre los dos para que yo me acueste.
Ah bien, esto si que va a ser interesante. Me están haciendo entre los dos un sanguchito divino. Si no me sintiera tan para el orto esto tendría que ser la gloria. Uy que lindo acostarse. Uy la cabeza como me duele. Uy... power off...

CONCLUSIÓN

Cuando desperté de esa pesadilla estaba aplastado entre dos cuerpos transpirados y me dolía mucho la cabeza todavía. Los dos hombres tenían su pene erecto apoyado contra mi serhumanidad. No pude evitar pensar lo injusta que era la vida y como aveces las cosas llegan en el momento en que ya no son útiles. Tratando de no despertarlos, me levante de la cama y busque mi celular. Esa habitación era un desastre, parecía un aguantadero de heroinomanos. Cuando consigo conmunicarme con Rodrigo y le comento la hazaña me dice “Sos un pelotudo, la keta no se toma así”, yo le conteste “Bueno me lo hubieras dicho antes, tarado”. Cagandose de risa me dice “Y ahora estás desaliñada, drogada y barada en Barceloneta mi vida. Que Dios te ayude”. Tenía razón, cuando me vi en el espejo parecía que me habían atacado unas hienas.
Sin hacer ruido me vestí, me calce los anteojos de sol y salí de la habitación. Mientras caminaba por Barceloneta hecho un muerto en vida, no dejaba de repetirme “Nunca mas, nunca mas, nunca mas”. Hay un tema de Madonna que se llama “Bad Girl”, que es el tema que me gusta tararear cuando vuelvo hecho mierda de algún lado, que dice en su estribillo “Chica mala, borracha a las seis, besando los labios de un extraño. Fume demasiados cigarrillos hoy, no soy feliz cuando actuo de esta manera”. Siempre que cometo una noche de excesos canto este tema. Hasta el momento en que la resaca se me va, y me vuelvo a vestir para salir a descontrolar.

No me arrepiento sin embargo, de todas las experiencias se aprende algo.
Si no querés terminar como yo en Barceloneta, alejate de la Keta.

martes, 29 de julio de 2008

Platónico

VILLA LIBERTADOR
En el año 1989, cuando iba a ingresar al primer año de la escuela secundaria, asistí al Colegio Adventista del Plata en Villa Libertador San Martín, provincia de Entre Ríos.
Nosotros pertenecíamos a la comunidad adventista (una rama del protestantismo) y este colegio era un internado mixto, estilo los boarding schools yankis. Chicos de todo el país y de varias partes del mundo venían a quedarse como internos. Era una experiencia muy interesante si eras adventista, porque te daba la oportunidad de vivir en otro lado, conocer mucha gente diferente y ver como era estar sin tus padres. Una amiga mía de aquel entonces había estado como estudiante interna el año anterior, y después de que me relató todas sus historias, en lo único que pensaba era en ir a ese colegio.
Muchos chicos iban porque sus padres pensaban que era lo mejor para su educación, así los jóvenes estuvieran de acuerdo o no. Otros, veían eso como una oportunidad para huir de sus casas legalmente y les pedían a sus padres que los mandaran. Como te imaginarás, mi caso fue el segundo.
Nosotros siempre fuimos gente muy humilde, entonces embarcarse en algo de esa magnitud era un poco inaccesible. Pero, según los cristianos, El Señor obra de maneras misteriosas; así fue que en marzo de ese año ingresé como alumno interno. ¿Qué me contursi?

NORMAS
Todos los internos teníamos que trabajar en algo, por lo menos una hora al día. Esta norma se había instaurado para que los jóvenes adquirieran conocimiento sobre responsabilidad laboral y, a la misma vez, para que el colegio se beneficie con la mano de obra gratis. Yo trabajaba en la cocina.
El colegio también ofrecía estudios terciarios (ahora universitarios, el tiempo pasó), y varios de los estudiantes de la carrera de Teología, trabajaban como capellanes en el hogar de varones del secundario. Esto quería decir que por las noches pasaban pieza por pieza a visitarnos (vivíamos tres chicos por pieza), veían en que andábamos y se hacían nuestros amigos. Finalmente, concluían la visita haciendo una oración con nosotros para que Jesús bendijera nuestro sueño.
Si. Extremadamente Flanders.
(la foto de la derecha pertenece a la entrada principal del colegio)

NICK
Así conocí a Nick, un chico de 20 años norteamericano pero hijo de ecuatorianos. El era nuestro capellán. Nick era un gordito muy simpático y carismático, con un ojo medio torcido (que según el, no servía). Tenía rasgos latinos y su acento también lo era, aunque un poco afectado por su nacionalidad estadounidense.
Nick era la clase de persona que a todo el mundo cae bien y que se hace querer genuinamente. Siempre estaba de buen humor, siempre te podía escuchar y siempre ponía a mal tiempo buena cara.
Podría decirse que nos llevamos bien desde el principio. Siempre que venía a mi pieza, conmigo era con quien mas hablaba. En el comedor del colegio casi siempre nos sentábamos en la misma mesa y charlábamos. Me había contado que le gustaba mucho cantar, y yo le había contado que a mi también y que estaba interesado en aprender a tocar algún instrumento. (En esa época yo todavía no era músico, justo fue en ese lugar donde se gestó mi profesión)

EL FLECHAZO
Nick era integrante de Musicap, el coro oficial del colegio. Nunca había escuchado a Nick cantar, así que cuando me enteré que el Musicap hacia un sermón cantado ese sábado a la mañana, fui al templo con muchas expectativas. (Olvidé explicar que los adventistas tienen su culto el día sábado, igual que los judíos)
Disfruté muchísimo del concierto. ¡Todo lo que escuchaba me producía tanta admiración! Creo que era la primera vez que escuchaba ese tipo de música en vivo en mis 13 años de vida, y fue una experiencia inolvidable. El ante último tema musical fue interpretado por Nick. Ese fue para mi el momento mas impactante de todos. Quedé boquiabierto. Esa voz no podía estar saliendo de ese ser humano, tenía que ser un cassette que alguien había puesto. Cuando escuchaba las canciones corales imaginaba que el tendría una buena voz, pero al escucharlo cantar solista, no era solo su voz, era la forma en la que interpretaba y enfatizaba cada palabra que emitía.
Sentí algo en el pecho, una especie de calor mezclada con taquicardia. Era una sensación tan nueva como la primer masturbación. Cuando concluyó la canción tuve ganas de pararme y aplaudir, pero los adventistas no aplauden porque es falta de respeto a Dios (alguien que los libere de su miseria ya mismo) entonces dicen “Amen” en voz baja. Creí que iba a llorar. Pero no sucedió, yo no lloro nunca.
Una vez concluido el sermón cantado, salimos todos del templo. Los integrantes del coro nos esperaban afuera con sus vestimentas corales. Al salir, nos daban la mano mientras decían a cada uno: “Dios te bendiga, hermano. Feliz sábado”.Cuando pasé por al lado de Nick, me miró con picardía y me dijo “¡Feliz sábado, hermano!” y me extendió su mano. Yo ignore su mano y lo abrace tan fuerte que casi lo ahogo. “¿Disfrutaste el concierto, Marcelo?”, me preguntó Nick con una sonrisa. “Es lo mas lindo que escuché en mi vida”, dije con el poco aire que me quedaba.

DEMENCIA ADOLESCENTE
El resto de la tarde anduve como un zombie. No podía entender lo que me estaba pasando. No recuerdo haber tenido una sensación tan fuerte como esa, antes de aquel sábado de abril de 1989.
Un enamoramiento platónico. Solo que yo todavía no sabia llamarlo así.
A partir de ese día Nick era en lo único que pensaba y para lo único que vivía, y esto lo digo literalmente. Me despertaba y pegaba un salto para bañarme rápido. Tenía que apurarme para poder estar en el comedor lo antes posible y que el me vea en la mesa y se viniera a sentar conmigo. Empecé a acudir a estudios bíblicos en inglés los sábados antes del sermón, solamente porque el iba también. En aquella época sabía poco y nada de inglés entonces era la hora y media mas aburrida de mi vida, pero estaba cerca de el, así que valía la pena. Esperaba las noches con ansia porque era el momento en el que lo iba a ver antes de dormirme. Todos los chicos se ponían contentos cuando llegaba la salida mensual en la que te permitían ir a ver a tus padres. Para mi era el momento mas triste y amargo de mi mes. Durante dos o tres días no iba a verlo y la espera se hacía insoportable. Ni hablemos de las dos semanas de vacaciones de invierno. ¡Qué freak!

MALAS NOTICIAS
Casi a fin de ese año, Nick me contó que tenía planes de seguir sus estudios en otro lado y que había tomado la decisión de no volver al colegio al año siguiente. Durante algunos minutos no supe que decir y no se cuán bien habré disimulado mi shock, pero tengo presente que me embargó una tristeza muy profunda.
Si bien tenía solo 13 años, ya había aprendido a mentir sobre mis inclinaciones. No entendía la naturaleza de mis sentimientos hacia el, todavía era muy chico para pensar si era gay o no, pero si sabía que lo que sentía iba a tener que ser un secreto. Pero ese secreto se había tornado una carga muy pesada. Todas esas horas de pensar en el, de esperarlo, de seguirlo, de quererlo tanto y sin tener una vía de escape para todas esas emociones, era casi trastornante.

LA PARTIDA
El día de su partida lo pasamos juntos. Lo ayude a empacar. El me regaló cosas que no se iba a llevar: un juego de sabanas con unas rayas rojas y azules, un perfume Drakkar Noir, algunas biromes, un block de Post-It... y no me acuerdo que mas. A la noche todos los que lo queríamos lo acompañamos a la terminal de ómnibus. Se iba a Buenos Aires y de ahí a California. ¡Uy Dios! ¡California! Era tan lejos que era lo mismo que dijera que se iba a Júpiter.
Todos lo saludaron afectivamente, uno por uno. Antes de subir al micro me abrazó y me dio un beso fuerte en la mejilla (en esa época los varones todavía no se besaban). Entonces me dijo al oído: “Te quiero mucho, nunca te voy a olvidar”. Por algún motivo eso se sintió como un golpe en la nuca.
Vi el micro de El Rápido alejarse y a el sacando la cabeza por la ventana, sonriente. Mantuve mis ojos en el vehículo hasta que se perdió en la distancia. Ya no estaba mas, se había ido. Yo, sin embargo, seguía en el mismo lugar. Ahora estaba solo frente a todo lo que seguía sintiendo con la misma intensidad, pero sin tener a quien dirigirlo.

DESCONSUELO
Volvíamos todos juntos de la terminal y yo empecé a sentir una angustia en el pecho que hacia fuerza para salir, como cuando sabes que estás por vomitar. Me acuerdo que pensé “Por favor, no. Acá no. Que nadie me vea, por favor”. Pero mi cara me delató, entonces Gabi- una amiga en común que teníamos con Nick -se acercó y me dijo “Marce, ¿te sentís bien?”. Trate de decir “Si Gabi, estoy bien. Lo único que por ahí un poco...”
La frase quedó inconclusa, hasta ahí la pude caretear. El sufrimiento de un año decidió que ya era tiempo de salir. Desde las diez de la noche hasta las siete de la mañana de mis ojos cayeron ríos y ríos de lagrimas. Nunca en mis 33 años se volvió a repetir. No había palabra en el mundo que pudiera consolarme, lloraba a Nick como si se hubiera muerto. No había sentido, hasta ese momento, un dolor y un sentimiento de perdida tan grande.
Llegue a mi pieza- luego de los intentos en vano de la gente por consolarme- y me tire en la cama a seguir llorando. Había puesto las sabanas de Nick, me puse el perfume de Nick también y hasta considere pegarme en la frente un par de sus Post-it, pero no lo hice.
De esa forma, totalmente envuelto en Nick, en algún momento de la mañana me dormí por algunos minutos y luego, con la cara desfigurada como si me hubiera boxeado La Hiena Barrios, me fui a clase.

CONCLUSIÓN
Nunca volví a ver a Nick. Durante un tiempo nos escribíamos cartas, pero la frecuencia fue cada vez mas espaciada, hasta que un buen día desapareció. En aquella época no existía Internet y las cartas podían tardar un mes en llegar. De a poco pude ir superándolo, pero nunca lo olvidé.
Los años pasaron. Crecí. Me mude varias veces. Abandone la fe adventista. Terminé el secundario. Asumí mi homosexualidad. Viví. Y viví mucho. Nick paso a formar parte de los borrosos recuerdos de mi infancia.
Muchas veces, por pura curiosidad intente buscarlo por Internet sin ningún resultado. Un día encontré una página en la que hablaban de el y de su trabajo como Pastor Adventista en Texas. Dejaban una dirección de email. Después de pensarlo un momento, le escribí y le conté un poco sobre mi vida de adulto. A fin de cuentas, el había sido una figura importante en mi vida y siempre lo recordé con mucho amor. Un par de días después llegó su respuesta.
Hubiese preferido que no respondiera. Su escritura era irreconocible. Era correctamente cordial, pero seca e impersonal. Constantemente me hablaba de Dios y que si confiamos en el nuestra vida tiene sentido y todas esas idioteces. Le respondí el email, no me acuerdo que fue lo que escribí, pero si recuerdo que nunca mas respondió.
No me sorprendió. La persona que respondió no era la persona que yo conocí. Pero principalmente, la persona que era yo, no tenía casi ningún parecido con la persona que el conoció en 1989. Con el pasar de los años Nick se había convertido en uno de los tantos fantasmas que llevaba en mi cabeza, y puede que esa haya sido la mejor forma de encerrarlo en el baúl de los recuerdos.

Me doy cuenta de que viví muchas vidas, morí muchas veces y fui gente muy diferente a lo largo de mi historia. Muchas de las cosas que recuerdo siento que son recuerdos que me implantaron, que soy la continuación de alguien mas. Me cuesta creer que después de haber sido protagonista de tantas temporadas de esta serie, yo siga siendo yo. Pero a fin de cuentas, eso también es el recordatorio de que cambie.
Y lo único constante, en este mundo al menos, es el cambio.