lunes, 22 de diciembre de 2008

Asia En Su Boca

Desde el año 2004 hasta hace casi tres meses, estuve soltero. Fue una larga época en la que viví un chasco sentimental tras otro. Por más que no era grato vivir tantas desilusiones, esos momentos de búsqueda eterna me dejaron un interesante número de historias, como la que sigue a continuación.

En esta era tecnológica, una de las formas de intentar dejar de estar soltero, es meterte en un chat y ver que podés llegar a pescar. Todos quieren pescar el preciado pez dorado. Yo me he metido en chats muchas veces y he pescado una cantidad de sanguijuelas, renacuajos, mojarritas, algas y viejas del agua, tan incontable como las estrellas de los cielos (varios de los que me leen probablemente se identifiquen con lo que cuento). Sin embargo, cuando uno entra a un chat, suele mantener el optimismo de pensar que esta vez la cosa va a ser diferente. La respuesta es: cuanto más busques, menos vas a encontrar, pero eso es para explayarse en otra oportunidad.

En esta ocasión puntual, me había metido en un chat para pelotudear un rato. No había planeado encontrar al amor de mi vida, ni al padre de mis hijos, ni nada por el estilo, solamente quería malgastar un poco el tiempo. Mientras navegaba por internet y bajaba música, veo una ventanita de chat que se abre a mi derecha.
El chateador escribe “Hello...” (esto quiere decir “hola” en inglés)
Se trataba de un hombre asiático. (Si algún asiatico se ofende por mi uso de la palabra “asiatico”, puede llamarme sudaca que no me jode para nada) En la descripción personal del flaco decía que era de Malasia. Este Malayo hablaba poco y nada de español, por lo que la conversación tuvo que desarrollarse en inglés (fiaca). Comenzamos con las preguntas rompe hielo de rutina: ¿De dónde sos? ¿Como te llamás? ¿A qué te dedicas? ¿Edad? , etc (que es justamente lo que más pereza da de conocer hombres nuevos).
Este malayo se hizo llamar Eric. Es obvio que ese no era su nombre de pila, ya que ningún oriental se llama Eric. Seguramente se llamaría Chaw Fan o Cachi Chien, pero se hacía llamar Eric para que la gente no se refiera a él como “Che” todo el tiempo. Nunca había estado con un asiático así que empezar la conversación me pareció intercultural y colorido. Además, al menos por foto, Eric no se veía nada mal.
A lo largo de la charla, Eric hacía comentarios graciosos y sarcásticos que me divertían mucho. Me estaba cayendo muy bien. Mientras más me contaba de él, más decidido estaba a darle una oportunidad a la situación.

Parece que Eric tenía un altímismo coeficiente mental. Se había salteado el secundario entero (o un par de años, que para el caso es lo mismo). Entonces desde muy joven tenía un puesto de garca en alguna empresa estilo Coca-Cola o Disney. Aunque la forma de hablar de su trabajo me decía que mucho no lo disfrutaba, estaba juntando guita con pala.
Bien. Por lo menos no voy a tener que pagar la cena yo.

Decía que no tenía ni un rastro de acento oriental.
Mejor. Por algún motivo cuando veo un oriental que en vez de hablar como la china de Juana Molina, habla como la negra Bernazzi, me meo encima. (traduzcamos a Molina y Bernazzi al inglés, ya que Eric hablaba muy poco castellano)

Me contaba que hacía unos meses que estaba trabajando en Argentina y planeaba quedarse al menos tres años.
Bien. Si nos vemos y la cosa está buena, no voy a tener que llorar su partida a las dos semanas.

Me contaba cuán solo se sentía al tener a su familia y amigos tan lejos. Además, el problema idiomático hacía que su vida social se viera limitada solamente a gente que hablaba inglés.
Bien. Me enterneció.

Era fan de Rob Zombie y Marilyn Manson.
Me enamoré.

Después de charlar por msn durante algunos días, y ver que nuestras conversaciones eran cada vez más largas e interesantes, quedamos en vernos a las nueve y media en Luis María Campos y Federico Lacroze. Iríamos a comer una pizza, tomar un trago o algún otro tipo de consumición social por el estilo.
Al acercarme a la esquina de Federico Lacroze, busqué con la mirada a mi asiática cita. Ahí estaba. Parado al lado del semáforo, con una sonrisa de oreja a oreja. Era tal cuál la foto: el mismo pelo, la misma edad, la misma contextura física. ¡Que alivio!
Me acerqué a él y lo saludé. Le dije un par de pavadas y me quedé esperando que él diga algo también. Zzzzz...zzzz.... bocina de auto... cri... cri...
La sonrisa de bienvenida seguía en su cara y me miraba como si estuviera frente a una celebridad. No se movía. Por un instante dudé si quizás se trataría de una estatua de cera. Finalmente le pregunté:
“¿Cruzamos y vamos para Las Cañitas a ver que encontramos?”
“Si... si...”, dijo sin dejar de sonreír.
¿Está fumado el chino este o qué? ¡Que garrón! No me digas que esto va a ser el embole que estoy presintiendo...

Fuimos caminando hacía la zona culinaria de Las Cañitas, mientras yo monologueaba sin parar. Eric solo me miraba y sonreía. Ocasionalmente, si estaba de acuerdo con algo que yo decía, acotaba “Si, si”.
Su palabrería de chat, existe gracias a que es tímido e introvertido. Bajón... nuevamente.

Cuando empezaron mis preguntas y él tuvo que contestarlas y lo escuche hablar más, noté que al hablar no se le entendía prácticamente nada. Sabía el idioma a la perfección pero hablaba mucho más retorcido que la china de Juana Molina. Sería algo así como la versión asiática de Anamá Ferreira.
¿Así que no tenía ni un rastro de acento oriental?¡Las bolas! O carecía de autocrítica o era muy idiota. Mira que hay cosas pelotudas con las que podes mentir...

Ni bien llegamos a Romario, Eric se volvió a quedar callado. Yo me había cansado de preguntar trivialidades y no me salía seguir fingiendo. A fin de cuentas, hablaba tan mal que le entendía la mitad de algo que me contaba que ni siquiera me importaba.
Eric ya no sonreía. Creo que se dio cuenta que yo me estaba preguntando “¿qué onda?”, y comentó:
“A mi me gusta mucho escuchar, más que hablar. Estoy muy acostumbrado a escuchar porque en mi trabajo bla bla bla...”. No escuche el resto de lo que dijo.
Este chino era un embole. Me lo habían cambiado. Seguramente yo chateaba con algún compañero de vivienda suyo que finalmente se arrepintió de la cita y se la pasó a este para hacerle un favor. Siendo tan plomo, no creo que tuviera citas muy a menudo.
No, Eric vive solo. Este es el verdadero, nomás. ¡Tengo que desaparecer de acá ya mismo!

Fuimos caminando hacia su casa, porque quedaba de paso hacia la mía. Cuando llegamos a la puerta estaba a punto de saludarlo y decir “Me tengo que levantar temprano, así que voy yendo”, cuando Eric me toma del brazo y pregunta: “¿Querés que te muestre el recital de Manson ese que te conté aquella vez?”
¡Cierto! ¿Como me pude olvidar de eso? Eric tenía un recital pirata (pero filmado profesionalmente) de un recital de Marilyn Manson que no conocía y me moría de ganas de ver.
Y si, yo subo. Total después de ver el recital, capaz que nos calentamos un poco, nos terminamos echando un polvo y no lo vuelvo a ver más. Ya que me fumé toda esa cena, esta noche tiene que terminar con algo que levante un poco el rating...

“Dale, vamos. Pero un rato nomas porque me levanto a las seis mañana”.(¡Mentira!)
Eric se quedó mirándome, con lo que yo supongo que sería una mirada sexy, pero en realidad parecía como si tuviera una basurita en el ojo. Entramos al pintoresco edifico de la calle Federico Lacroze y nos metimos en el ascensor. Una vez adentro se acercó un poco a mi y susurró en mi rostro:
“Me gusta mucho tu mirada”.
Fue un susurro bien cargado de aire. Ese aire subió rápidamente por mis fosas nasales y me permitió apreciar la putrefacción de toda Asia (después del Tsunami) en su boca. Eric tenía el aliento mas feo que había sentido en mucho tiempo.
¡Descubrí la clave de todo! ¡Esta es la razón de su soledad! Ni la distancia, ni el idioma, ni su problema idiomático. Este chabón abre la boca y parece que se trago un sorete. Y yo estoy acá, metido en un ascensor con él, a punto de entrar a su casa. ¡Estoy en graves aprietos! ¿Qué hago? Si intenta besarme en algún momento, creo que voy a vomitar antes de llegar a correr la cara.

Entramos a su departamento. Eric ya había entrado en confianza y me contaba cosas de la casa que yo no escuchaba porque estaba planeando una forma de escapar sin lastimar a nadie.
El departamento era enorme. Solamente uno de sus baños era más grande que mi casa. Estaba muy bien decorado. “Los muebles y todo lo que hay acá, vino con el departamento. Yo tengo muy mal gusto para decorar”. Me reí de compromiso y pensé “Si, mal gusto es lo que tenés vos en el comedero”.
Una vez que me había preparado un destornillador (vodka con naranja), nos tiramos en el sillón a ver el recital de Manson. El video se veía y se escuchaba de puta madre, así que el aliento cloacal de Eric pasó momentáneamente a segundo plano. Cuando terminaba mi bebida, Eric me preparaba otra. Para el momento en el que terminó el video yo ya tenía una borrachera inpiloteable.
Nos quedamos mirando la tele como si hubiera algo que ver. Eric fue deslizando lentamente su mano hacia la mía. Yo rápidamente la retire y la metí en el bolsillo, saqué mi celular y vi la hora.
“¡Uh! Es muy tarde. Me tengo que ir. Otro día la seguimos”. (¡Pará de mentir!) Me puse de pie, agarré mi campera y fui hasta la puerta. Eric me acompañó y se quedó mirándome con la misma sonrisa de antes. Volvió a acercarse a mi y yo miré hacia otro lado.
“¿Estás bien?”
“Si. Un poco cansado nomas”. Después de eso fingí un bostezo. En ese instante Eric acercó su boca a la mía y trató de besarme. Yo no pude seguir adelante con esta farsa:
“Mirá Eric, si me vas a hablar tan de cerca me parece que tendrías que cepillarte un poco los dientes”.
“¿Eh?”
“Nada... eso. Tenés un aliento un poco fuerte”.
Eric me miraba perplejo.
“Muy fuerte, ¿para qué te la voy a suavizar?”, agregué, en un fallido intentó de ponerle humor a mi repentino brote de honestidad.
“¿Querés decirme que tengo mal aliento?”, preguntó incrédulo mi aromática cita.
“Y si, la verdad que apesta ...”, dije mientras llamaba nuevamente al ascensor con torpeza alcohólica. La cara simpática de Eric se puso roja como un tomate. Mitad en inglés y mitad en español dijo:
“Puede ser. Lo que pasa es que me están haciendo un puente en las muelas...”
“Bueno, yo te diría que te fijes que onda abajo del puente ese, porque me parece que alguien se echó un flor de garco”.
Nunca lo quise herir, pero lo hice. Lo notaba en su expresión. Me dijo tratando de hacerse el superado:
“Vos fumas cigarrillos, así que tenes olor a tabaco”, dijo para desquitarse.
“Si te molestaba me lo decías y listo. Además, no se vos que pensarás, pero es preferible oler a pucho antes que oler a caca”.

Una vez a salvo en mi cama, acallé mi conciencia pensando que lo que dije fue inducido por la borrachera a la que él me condujo sirviéndome un destornillador tras otro. ¿Cuantas veces habrá tenido que pasar este muchacho por esa misma situación, emborrachando a sus amantes para que olviden no solo el hecho de que el pibe era un embole, sino también el bao que despedía cada vez que abría su boca? Vaya uno a saber.

Algún tiempo más tarde volví a tener una cita arreglada por chat (que también fue un bajón, pero por otros motivos, te la cuento otro día).
Esta vez, tomé un par de precauciones antes de salir.
Una de ellas fue poner un paquete de Halls de menta en mi bolsillo...


sábado, 6 de diciembre de 2008

Inexperiencias Traumáticas: "Te La Tomás Toda"


Hoy tuve mi día libre y me la pasé pelotudeando. Chateé con amigos, vi tres series distintas y me toqué varias veces las bolas. Una de las cosas que más me gusta hacer en mis días de ocio, es sentarme a comer cosas que engordan, acompañadas por un Nesquick helado.
Mientras preparaba mi merienda en la cocina, fui a la heladera y saqué el sachet de leche. Al observar la sospechosa consistencia del líquido blanco cayendo dentro de mi taza que dice "I Corazón New York", reviví algo.

De repente ya no tenía más treinta y tres años. Ya no estaba más en la cocina de mi casa del barrio de Belgrano. Ahora tenía siete y me encontraba en Ituzaingó, parado en la cocina de María, la vecina que me daba la merienda cuando volvía del colegio. Mi mamá siempre trabajó todo el día y llegaba a casa muy tarde a la noche, entonces le había pedido a María que se ocupara de alimentarme después del colegio para que no estuviera tan solo. ¿Qué se le va a hacer? Creo que hay un par de madres judías nadando entre los genes de mi vieja.

María era una mujer de unos cincuenta y tantos años, muy macanuda y simpática, que vivía con Miguel, su marido (bastante más entrado en edad que ella, por cierto). Miguel era un militar retirado, sin embargo, en apariencia, no tenía el temperamento rudo y seco que uno esperaría de un personaje semejante. Lo recuerdo como un tipo bastante gracioso y sencillo en el trato cotidiano. Sospecho que la que llevaba los pantalones en esa casa, era la señora. No por nada en el barrio la gente se refería a ellos como “María y Miguel”.
Tenían un kiosko en el frente de la casa que lo habían abierto cuando Miguel se jubiló. Eso creo que fue antes que yo naciera, así que para mi siempre fueron los viejos kioskeros.

Este matrimonio tenía un único hijo, Carlos, quien, para mantener la tradición familiar, trabajaba para los milicos. Carlos había aprendido sus lecciones muy bien y trataba a los demás como si fuesen parte de su regimiento. Su gran ambición era hacer una sólida carrera dentro del ejercito, pero un problema físico (que ya no recuerdo cuál era), lo condenó a trabajar para la milicia solamente como empleado administrativo.
Cualquiera pensaría que un hombre como Carlos, necesitaría a su lado una sumisa y humilde mujer que lo espere con la comida lista, que le diga “Querido, tu hijo se portó mal” y que lave su ropa a mano con agua fría sobre la tabla de madera. En cambio, Carlos se casó con Norma.
No se bien de donde salió esta mujer, pero es la clase de persona que podría ser finalista de dos temporadas consecutivas de Expedición Robinson. Recia, de carácter fuerte, hombruna y autoritaria. (no recuerdo haber examinado sus palmas, pero puede ser que hayan estado llenas de callos).
Mientras Carlos y Norma estaban en casa de María y Miguel, todos debían acatar sus ordenes. La forma usual de imponer respeto era murmurar insultos por lo bajo, pegar un grito para hacerte reaccionar, o dar un golpe en la mesa para que no te quepan dudas que no pensaban discutir al respecto. Lo confieso, les tenía un poco de miedo.

Las tardes en las que volvía de la escuela y María me preparaba la merienda, eran siempre alegres. Me sentaba con Miguel en la puerta de la casa y lo escuchaba chusmear sobre el barrio con algún vecino que pasaba, la ayudaba a María con el jardín a regar las plantas y esas cosas. Miguel me dejaba jugar a que atendía el kiosko y siempre decía cosas que me hacían reír. María dejaba de ver "Café con Canela” para que yo vea los dibujitos. La pasaba muy bien.
Cuando estaban Carlos y Norma, la rutina era diferente. Los viejos se ausentaban un poco de mi tutela y dejaban mi cuidado al flamante matrimonio. Cualquier cosa que yo dijera o hiciera podía ser suficiente para que floreciera la ira dentro de sus corazones y me prodigaran un número inagotable de insultos:
¡Pero la re puta madre que te re contra mil re parió!, ¿no ves que estamos viendo la tele? ¿porqué carajo no cerrás un poco el pico?
Che, taradito, volvés a salpicar el piso del baño y te bajo todos los dientes de “un piñe”.

Lógicamente, tenían varios sobrenombres de su propia autoría para dirigirse a mi persona: El rey de los boludos, papanatas, pelotudo, gil, enfermo mental, mogo (por mogólico), otario, nabo, marica.

Tomar la merienda con ellos era un viaje hacia lo inesperado, podía pasar cualquier cosa. Si sabía lo que me convenía, más me valía que consumiera lo que me daban de ingerir sin chistar. Todo podía ser usado en mi contra.
Un día, Norma me hizo un café con leche que estaba tan caliente que me quemó los labios. Ni bien sentí la quemazón, decidí tomarlo con cucharita, soplando antes de llevarme el contenido a la boca. Al escuchar el ruido de mis sorbos, dijo:
“Che, mogo, ¡no empecés con ay-está-caliente eh!”
“Es que quema un poco...”
Norma dejó los platos que estaba lavando, se avalanzó sobre mi y con su nariz a pocos milimetros de la mía grito:
“¡Entonces no vas a tomar nada! ¡¿Qué te pensás, que acá somos todos tus sirvientes?!”
Acto seguido, arrebató la taza de mis manos y violentamente volcó su contenido en la pileta de la cocina. Yo me quedé boquiabierto mirándola. Carlos desde la cabecera de la mesa me miraba fijamente con desaprobación:
“Cerrá la boca, papanatas. Te va a entrar una mosca”
Le hice caso y me quedé sentado en la silla sin saber bien que era lo que correspondía hacer en este caso. Dirigí la cabeza hacia el televisor porque estaba por empezar telejuegos. (un programa que veíamos en la niñez los que hoy tenemos treinta o más). Carlos agarró el control remoto y apagó la tele. Yo lo miré sin entender. Mientras se cebaba un mate me dijo:
“Andate a jugar al fondo. Se terminó la tele hasta que seas menos forro”
Sin todavía entender bien que les pasaba a estos dos pelotudos, me fui para el fondo, salté la pared y me pasé a la casa de mi amiga Marcela, así miraba telejuegos con ella. (A mi nadie me iba a sacar los dibujitos)

Una tarde calurosa, María me había preparado un Nesquick frío antes de irse al fondo a tender una enorme pila de ropa. Carlos y Miguel, hablaban de política sentados a la mesa y Norma estaba cosiendo en una mecedora. La chocolatada tenía una tentadora presentación y venía con un platito que contenía unas galletas Ondina. Mientras revolvía la chocolatada, note que unos puntitos blancos aparecieron flotando en la superficie: “¡Qué cosa más rara!”, pensé. Una vez que el Nesquick estaba bien disuelto en la leche, me llevé la taza a la boca y di un gran trago.

El gusto fue indescriptible. La nausea profunda. La arcada dolorosa.

Miles de gotas de leche podrida, de todas formas y tamaño, volaron de mi boca rociando toda la mesa del comedor. En viaje a su destino final, las espesas gotas color glacé, interrumpieron la animada critica al gobierno Alfonsinista que padre e hijo mantenían.
“¡¿Pero vos estás en pedo, enfermo?!”, gritó Carlos mientras se secaba la podredumbre escupida por mi, de su cara.
“¿Qué paso?”, preguntó Norma con cara de entrenadora de Jokey.
“La leche tiene gusto feo...”, respondí temiendo por mi vida. “Además mira, tiene puntitos blancos. Me parece que está podrida”, agregué.
“Podrido estás vos, mogo. ¡Limpiá el chiquero este que hiciste y tomate el resto de la leche porque te reviento, mirá!”.
Mientras el matrimonio fantástico me seguía con la mirada, tomé un repasador de la cocina y limpié el fruto de mi asco. Me volví a sentar y me quedé mirando la taza, analizando que opciones tenía para salir ileso de la situación.
“Si no te tomás esa taza de leche te la hago comer. ¡Maricón! Flor de bacán está criando la loca de tu madre”, me dijo Carlos en uno de sus clásicos murmullos amenazadores.
Yo sentí un escalofrío bajar por mi columna vertebral. Sabía muy bien que el facho troglodita este era cien por ciento capaz de cumplir su promesa. En ese momento, Norma se acercó a mi oído y me dijo:
“Te la tomás toda. ¿Escuchaste, mogo? ¡Te guste, o no!”. Dicho esto, volvió a su costura.
Yo ya había soportado lo suficiente. Me levanté de la silla, los miré a los dos y dije:
"Esa leche está podrida y no me la pienso tomar”
Carlos se levantó de la silla, se sacó una ojota y se acercó lentamente a mi:
“Te voy a cagar a ojotazos, tanto pero tanto que no te vas a poder sentar por una semana”
“Tocáme un pelo y te denuncio a la policía, forro. Vos no sabes quien es mi viejo... ”, le contesté sin sacarle los ojos de encima.

Mentira. Esto es lo que me hubiera gustado hacer. Sin embargo, no dije nada. Después de la amenaza de Norma, me llevé la taza a la boca fingiendo beber. Repetidas veces. En un momento Carlos se levantó para ir al baño, Miguel se fue a atender el kiosko y Norma se puso a charlar con María en el fondo. Cuando me aseguré que en la cocina ya no había nadie, deje la taza sobre la mesa, tomé mi guardapolvo, mi mochila y me fui a mi casa.
Desde esa tarde, nunca más merendé en lo de María.

La consistencia de la leche que hoy estaba sirviéndome en la cocina, era bastante similar a la de aquella tarde en los años ochenta. No me animé a probarla para ver si estaba podrida. Recordar el gusto inmundo de aquella chocolatada me sacó las ganas de tomar Nesquick.
Hace mucho calor, pero tengo prendido el aire acondicionado, por lo tanto las bebidas frías son bienvendas pero no esenciales.

Creo que con un mate cocido voy a estar mas que satisfecho...

viernes, 14 de noviembre de 2008

El País En Colectivo

Muchas veces durante mi vida huí de mi casa. La razón siempre era la misma: mi vieja me limaba el coco. Es una de las personas más buenas que conozco, pero también una de las más conflictivas.
Obviamente, huir fue la opción por la que opté gracias a una idea que mi madre instaló en mi cabeza. Te explico:
Cuando era pendejo y hacia travesuras, a mi vieja le agarraban unos ataques de ira tan grandes que me daba las palizas del siglo. Hoy en día, cuando yo le echo en cara sus métodos poco pedagógicos de crianza, ella se escuda diciendo que todos los padres les pegan a los hijos para que aprendan a comportarse. Yo le digo que es mentira, que no todos los padres les pegan a sus hijos, y que los que lo hacen, es solamente porque tienen bronca y se descargan en alguien que no tiene el tamaño ni la fuerza como para defenderse.

Nunca aprendí a transitar el camino de la rectitud. En cambio, cada vez me portaba peor. Un día, mi vieja incorporó otro método de enseñanza que fue echarme de mi casa. La primera vez sucedió cuando yo era bastante pequeño. No me acuerdo cual fue mi fechoría, pero si que una noche mi mamá estaba enojadísima. Me dijo que ya no era más mi madre, así que en vez de decirle “Mamá” tenía que decirle “Señora”. Después me dijo que me preparara un bolsito porque al otro día me iba a ir de casa. ¡BLUM!
Pasó la noche entera. Yo no podía dormir pensando que al otro día me iba a convertir en un homeless. Hasta ese momento, no me había alejado por mi propia cuenta más de una o dos cuadras de mi casa. El mundo entero llegaba hasta la esquina.
A la mañana siguiente, mi mamá vino hasta mi pieza y me despertó. Me dijo que ya hora de que me fuera. Yo agarré una campera y me fui. Llegué hasta la esquina y pensé: “Y ahora ¿qué?”. Era claro que ya no tenía casa y que tenía que seguir caminando, pero como nunca había cruzado solo, di la vuelta a la manzana. Luego de dar una vuelta completa, vi que mi mamá salió a buscarme como loca por la calle. Me agarró de los hombros y con lágrimas en los ojos me preguntó:
“¡Dios mío! ¿Donde estabas?”
“Y... me fui.”
“¡Si! Pero, ¿por qué?!”
“Porque me dijiste...”
“¡Si, pero no era en serio! ¡Era para que aprendas! ¡Ay, Dios mío, vos me vas a matar de un disgusto! ¡Hasta que no me veas en un cajón no vas a parar!”
Así que ahora estaba enojada porque había aceptado el castigo que me tocaba y lo había llevado a cabo. Como podrás ver, nunca nos entendimos demasiado.

Con el pasar de los años, las expulsiones de mi hogar eran cada vez más frecuentes. Siempre terminaban de la misma manera: mi vieja buscándome por todos lados como loca. Cuando me encontraba me decía que si seguía así pronto iba a lograr el objetivo de mi existencia en esta tierra que era verla muerta.
Un buen día, ya no fue necesario que ella me eche.
Una amiga de mi mamá con su novio, me llevaron a la rural a ver una exposición sobre las provincias argentinas, su cultura, desarrollo y folclore. Tenía un nombre esta exposición porque se hacía todos los años, pero no me lo acuerdo. No tenía entusiasmo por la feria en sí porque era demasiado chico como para que algo de eso me atraiga, pero me divertía mucho ir de excursión con Adriana porque me hacía reír y la quería mucho. Además, nosotros vivíamos en Ituzaingó, venir a capital siempre era la experiencia extrasensorial del siglo.
Cuando llegamos a la rural y vi la exposición me quedé encantado con todas las cosas que me rodeaban. Cada provincia tenía un stand. Cada stand estaba pintorescamente decorado con fotos, productos regionales, elementos autóctonos. Te daban ganas de irte a visitar cada provincia. Con el correr de las horas empecé a fantasear con qué lindo sería si pudiera realmente estar en esos lugares, ver algo significativo de la gente y su cultura y vivir la aventura de mi vida.
Cuando salimos de la rural ya había tomado la determinación de que ese viaje se iba a concretar, solamente era cuestión de esperar el momento oportuno. Como mi vieja se enoja por cualquier boludez, esa oportunidad no iba a tardar en llegar. Ni bien se enojará, ya tenía un objetivo más divertido que irme a dar vueltas por Ituzaingó.
Incluso, había decidido que toda la travesía iba a ser realizada en colectivo. Pero no me refiero al omnibus de larga distancia, sino al colectivo de línea (60, 168, 152). Había sacado la siguiente conclusión; si yo me subía a un colectivo y seguía abordo hasta el final de su recorrido, seguramente cuando bajaba iba a encontrarme con otros colectivos que iban hasta otros destinos y así sucesivamente. De esa manera iba a poder recorrer el país entero y las provincias en colectivo, de una manera económica y al alcance de mi mano.
Como era de esperar, un par de días más tarde mi vieja se enojó. Creo que era por algo que yo había perdido, no recuerdo bien. No se porque motivo, esta vez no me echó (¡puta madre!). Se ve que había entendido que con esto tampoco me portaba bien. Este cambio no me importó. Armé un morral con un pulover, un paquete de galletitas y un cuaderno (curiosa elección de objetos para llevar a un viaje). Luego, redacte una nota que decía algo más o menos asi:

Mami:
Estás muy enojada y yo no se donde puse lo que perdí. Me voy de casa. No me busques porque no me vas a encontrar. Yo voy a estar bien. En una bolsa me llevo todo lo necesario para sobrevivir. ( ? )

Un beso

Marcelo

Chocho de la vida, metí el dinero que mi mamá me daba para ir al colegio en el bolsillo de mi morral y partí rumbo a la aventura. Esta vez, me fui caminando hasta la estación de Ituzaingó donde me tomé el tren a Plaza Once. Una vez en Once, elegí aleatoriamente un colectivo (que resultó ser el 68) y me bajé en la rural. Quería entrar a la exposición una vez más para decidir que provincia iba a ser la primera en recibir mi visita.
Resultó ser que no me dejaban entrar porque era muy chico y tenía que ir con un acompañante. Maldición. ¡Qué desilusionado me sentí! No había pensado en que el problema de mi poca edad iba a cerrarme la puerta tan rápido.
Durante la tarde me agarró hambre. Había comido el paquete de galletitas durante mi viaje desde Ituzaingó hasta Palermo, y se me habían terminado las provisiones. Me compré un par de cosas para comer y de repente ya casi no tenía más dinero. Se ve que en el morral no llevaba “todo lo necesario para sobrevivir” como yo pensaba.
Caminé y caminé. Todos los proyectos e ilusiones se estaban yendo por la borda. Estaba anocheciendo y tenía frío. Estaba cansado. De repente caí en la cuenta de lo lejos y solo que estaba. Por primera vez en varios días, extrañaba a mi mamá.

Me fui hasta Puente Pacifico, porque tenía una ex-compañerita del jardín que vivía por ahí. Se llamaba Marilú. De vez en cuando iba a visitarla, entonces me acordaba de la dirección.
Me recibió su mamá, extrañadísima de ver a este niñito que vivía en Ituzaingó, sólo, a estas horas de la noche, por Puente Pacifico. Mi amiguita no estaba, se había ido unos días a la casa de la tía. Sus padres me dieron de comer y me dijeron que podía dormir en la cama de ella.
En esa época nosotros no teníamos teléfono, así que nuestros llamados los atendía una vieja del barrio que se llamaba “Doña Amparo”. De alguna manera la mamá de mi amiga se puso en contacto con Doña Amparo, y ella con mi vieja. Mientras yo estaba recostado en la cama de Marilú, entra su mamá y me dice:
“Marcelo, te está buscando la policía por todos lados...”
“¿Mi mamá me va a pegar?”, pregunté con voz de boludito.
“No creo. Te va a venir a buscar mañana a la mañana”
A la mañana siguiente mi mamá me fue a buscar. Tenía una cara de sepultura que me dio un miedo bárbaro. Ambas madres conversaron un rato largo. Yo mientras jugaba con el hermanito de mi amiga. Creo que la mamá de Marilú tenía ganas de mandarle una asistente social a mi vieja para ver que carajo era lo que me había hecho como para que yo me escape de mi casa.
Cuando estábamos en la parada del colectivo, mi mamá no me gritó, ni me pegó. Tampoco me dijo que mi propósito en la vida era verla muerta. Simplemente, se arrodilló adelante mío y me dijo mirándome a los ojos: “Nunca más vuelvas a hacer esto”

Hoy en día, cuando pienso en aquella mañana, creo que esa frase que dijo no fue para mi, sino para ella. En los años venideros yo volví a escaparme mil veces.

Ella, sin embargo, nunca más me volvió a echar.


jueves, 6 de noviembre de 2008

Chiquitamente Grande

Es tan tarde en la madrugada que ni siquiera me voy a gastar en mirar el reloj. En unos instantes comenzará el amanecer porque ya estoy escuchando los pajaritos de mierda esos que madrugan para jodernos la vida a los noctámbulos. Sin embargo, sigo acá despierto.

He tenido razones para vivir insomnios tortuosos. Generalmente eran preocupaciones o tristezas. Hoy, el motivo es nuevo. Estoy despierto- por propia decisión -gracias a un agradable bienestar. La sensación interna es bastante similar a la que se siente con una pastilla de éxtasis, solo que natural y sin que se me desfigure la cara ni me intoxique.
Mi razón de desvelo es Martín. Mi chico.
Estoy viéndolo dormir. Tengo que reconocer que es la primera vez que lo hago, ya que antes de hoy me parecía una boludez. También se me hacía que era algo digno de un psicópata asesino.

Hace un poco más de un mes, decidí experimentar como era ir a bailar un domingo a la tarde a Club One. Afuera llovía como la gran puta. Todos mis amigos estaban haciendo algo aburrido. Estaba solo. Era ese día o nunca. Hablé con un par de conocidos que me habían dicho que iban a ir y me largué a la aventura.
Sorprendentemente, adentro de la discoteca era una noche increíble. Tremendo quilombo de música, luces y gente saltando como resortes. Parecía la fiesta del fin del mundo. Baile con mis conocidos y me cagué de risa un poco.
El recuerdo está bastante nublado, pero en un momento estaba bailando con mi gente y terminé bailando con desconocidos. Cerca mío veo un desconocidito moviéndose como loco. Me llamó la atención lo pequeños que eran sus rasgos y su cuerpo. Si bien era un poco mas bajo que yo, todas sus proporciones eran chiquitas. Le sonreí y él me devolvió la sonrisa. Una sonrisa muy simpática. Nos pusimos a hablar y de alguna forma terminamos besándonos. Luego de muchas horas de charlar y bailar, nos fuimos a su casa.
Te la resumo para no aburrirte: desde entonces, casi no nos hemos separado. Así nomas.
Sin planear y sin pensar demasiado. Algo de lo más fluido que debo haber hecho en los últimos años. Una semana más tarde, en el mismo lugar donde nos habíamos conocido, le pregunté si quería ser mi novio (chapado a la antigua, lo sé, pero que se le va hacer, soy un romántico). El aceptó.
Ahora me encuentro viviendo una historia inesperada. Desde que me separé de mi anterior pareja en el año 2004 hasta la fecha, conocí muchos hombres. Todos vinieron de diferentes fuentes: boliches, bares, chats, facebook, por la calle. Todos, sin excepción, fueron una desilusión, de alguna manera u otra. El día que me encontré a mi mismo diciendo esa frase tan cliché “ya no hay hombres”, la vida puso en mi camino a un pequeño hombrecito que encierra a una gran persona.
Con Martín, todo ha sido radicalmente diferente a lo que había vivido hasta ahora. Y esta es la parte en la que se me mezclan un poco las ideas, pero voy a tratar de decirlo de la mejor manera:
Dentro de este enano (así es como le digo yo, cariñosamente) hay una inmensa ternura. Tiene una gran necesidad de amar y ser amado, y lo más lindo de esto es que no intenta esconderlo ni disimularlo.

Me hizo descubrir una nueva sexualidad. Martín no es la clase de hombre que me atraía físicamente. Me gustaban los hombres más altos y corpulentos. Decía que para petiso ya estaba yo. Sin embargo, con él la sensualidad pasa por otro lado. Es por eso que cada día que pasa lo encuentro más atractivo, cuando en el pasado solía ser al revés.
Conocía de memoria la frase “hacer el amor” y me parecía tan grasa como decir “si no te tengo, no puedo ver el sol”. Lo loco es que con él esta frase me suena bien. Nuestra sexualidad no puede entrar en la misma categoría que una película porno o un polvo casual. No estoy diciendo que el sexo casual sea malo, es bueno para lo que es. Solo digo que son dos cosas diferentes. Es como tomar coca cola y tomar cerveza. Ambas me resultan agradables, pero tienen un sabor totalmente opuesto y un fin bastante desencontrado.
Martín no tiene un cuerpo atlético ni una musculatura demasiado desarrollada. Se que a él le gustaría que su cuerpo fuese diferente. Pero lo que no sabe es que su cuerpo es muy lindo porque habla de él, está hecho a la medida de su personalidad, es el reflejo de su alma. Eso es lo que hace que cuando lo tengo cerca se me alboroten las hormonas.

Es una persona transparente, no tiene necesidad de esconder nada. Habla de lo que siente y lo que le pasa sin preocuparse por lo que voy a pensar de él. No hay histeria, no hay falsedad, no hay vanidad.

Martín ha vivido y mucho. Es un sobreviviente. Ha atravesado cosas que a mi me hubieran dejado en un manicomio de por vida y, sin embargo, no deja entrever ni un rastro de amargura o resentimiento. Es la clase de persona que con cada caída se hace más fuerte. Se abrió camino atravesando mucha basura, para terminar su recorrido tan limpio como cuando era un niño.

Martín y yo somos extremadamente mimosos y cariñosos. Nos cuesta mucho despegarnos. Hace poquito tiempo me dijo que estaba enamorado de mi. Si bien esta declaración me conmovió, le pregunté porque, cuál era la razón. Él solo me contestó: “Por lo lindo que sos conmigo”
Me quedé pensando en esto un largo rato. ¿Puede ser que alguien se enamore de otra persona solo porque recibe mimos y cariño? ¿No hace falta algo más? Yo soy una persona tan complicada y rebuscada por momentos, que me parece que para llegar a estar enamorado de mi se requiere mucha paciencia. Pero pensandolo mejor, creo que Martín tiene todo el concepto un poco más claro que yo.
Como dije en la introducción de mi post “Besar Un Alma”, me cuesta mucho entender que es el amor. Creo que es algo muy difícil de explicar con palabras. ¿De donde sale? ¿Como nace? ¿Como se crea?

Quizás el amor pueda crearse de la nada. Quizás no tenga que existir una pieza fundamental para ese amor. John Cameron Mitchell dice en su película Hedwig and The Angry Inch: “Honestamente, creo que el amor es inmortal, porque el amor crea algo que antes no existía”. Quizás de eso se trate todo. Quizás no hay una razón para amar a alguien. Quizás la razón es que no hay razón, y por eso es algo tan difícil de concebir. Entre Martín y yo se creó algo totalmente único e irrepetible. Algo que se gesta a partir de su alma y la mía. Puede ser que por eso no haya una real definición.

Esta noche, miro de vez en cuando a mi enano dormir y pienso que soy una persona muy afortunada. Él buscaba alguien como yo pero no lo encontraba. Creo que yo buscaba una persona como él, pero siempre terminaba con la gente equivocada. Lo notable es que a esta altura de mi vida, en la cual pensaba que había vivido y visto casi todo, encontré una persona que me sorprende con las cosas más simples. Y la simpleza, a mi forma de ver, es lo más difícil de alcanzar.

Vivo junto a Martín algo que me cuesta explicar, pero que a la vez no necesita palabras.
Creo que eso, en definitiva, es amor.

martes, 4 de noviembre de 2008

Contacto

Después de haber recibido varios mensajes y comentarios de diferente gente preguntándome cuando iba a actualizar el blog, decidí dejar una breve nota para quien suela frecuentar mi página.
No me morí. No me secuestraron. No rompí la compu. No me cansé de escribir. No perdí interés en esta vía de comunicación en absoluto.
La realidad es que estuvieron pasando cosas en mi vida que cautivaron mi total atención. A eso sumemosle que estoy trabajando en un proyecto que se lleva gran parte de mis horas y mi energía.
Sucede también algo que tiene que ver con mi propia necesidad de expresión, que es la razón principal por la que comencé el blog: Me gusta escribir con honestidad. Siempre que cuento algo es porque en ese momento tengo la cabeza en ese tema.
Bien. Mi cabeza está ahora en algo que todavía no puedo compartir. Pero se que voy a poder muy pronto, en estos días. Y cuando ese momento llegue, va a ser un placer poder compartirlo con vos.

Estoy muy agradecido por tu interés

Nos vemos

Marce

sábado, 4 de octubre de 2008

Chiro (Epilogo)

Para entender esta historia necesitas leer las partes anteriores. Podés encontrarlas luego de este post, o todas juntas haciendo click aquí

La realidad era innegable.
No era una representación actoral solo para mis ojos, no era una cámara oculta, no era una broma de mal gusto.
Aún sin ver el féretro, era tangible que toda la cuadra estaba impregnada de muerte.
La madre de Chiro estaba de rodillas sobre el pasto, tapándose el rostro con sus manos y dando gritos de agonía, mientras otros vecinos intentaban incorporarla. Mario estaba parado en la puerta de su casa como hipnotizado, con la vista en blanco y fija sobre un punto invisible. Chicos, chicas, vecinos, amigos, curiosos. Todos se habían congregado en esa cuadra para echarle un vistazo al acontecimiento del momento.
Yo di media vuelta y me fui. No podía enfrentar la situación. El cuadro general era demasiado agresivo. Caminé un par de cuadras sin rumbo y me fumé tres cigarrillos al hilo. No sabía que hacer, que decir, ni que sentir. El viernes Chiro había estado en mi casa, habíamos tenido relaciones, habíamos vivido un momento de regresión al pasado, me había robado, se había burlado de mi y nuestras últimas palabras habían sido “Me tengo que ir – Ok, andate”.
Y ahora ya no estaba más.
Ni acá ni en ningún lado.
Solamente había quedado su envoltorio metido adentro de un cajón. Por más que me decía a mi mismo estas cosas, no podía terminar de convencerme de que esta era la realidad.
Fui hasta mi casa y me puse un poco más presentable. Estaba muy recién levantado, con lagañas y pelos parados. Cuando volví a la casa de Chiro, más gente se había sumado al velatorio. En el momento en el que puse un pie en esa living, reviví la sensación deprimente y particular que había sentido tantos años atrás en el velatorio de la abuela Anyulina. Las flores, la temperatura elevada gracias a la cantidad de cuerpos presentes. El olor a muerte. Ese olor tan desagradable... por Dios... se me revolvió todo.

Me abrí paso entre la gente, esquivando saludos y miradas tristes. Necesitaba llegar hasta donde estaba Chiro para comprobar que todo esto estaba pasando.
Finalmente, la realidad me dio flor de bife. Ahí estaba. Lo que tanto quería encontrar, la confirmación de la noticia del día, se materializó delante mío. Creo que nunca voy a olvidar el impacto que me produjo ver esa cosa metida en aquel ataúd. Se parecía mucho a Chiro... pero no era él. Chiro no podía estar metido adentro de esa caja. Chiro se había ido y había dejado en su lugar, a un suplente. Un cadáver impostor con poco talento para la imitación.
Igual que Anyulina, este Chiro muerto tenía un color pálido y enfermizo, todo su cuerpo estaba cubierto por una mortaja de la que sobresalían su rostro y sus manos. Se me aceleró el corazón.
Lo observaba y no podía negar que todo esto era verdad, pero se veía tan diferente que sentía que se trataba solamente de un mal sueño.
Sus manos. Esas manos se habrían deslizado desde mis muslos hasta mis glúteos la primera vez que nos desnudamos cuando eramos pre adolescentes. Esas manos me abofetearían la cara un tiempo después. Esas manos me robarían, pero también acariciarían mi cabello. Esas manos ya no se iban a mover.
Esa cara. Esa cara pálida y sin vida, unos días atrás era capaz de transmitir muchas cosas. Su sonrisa pícara y compradora, pero burlona y despectiva otras veces. Su boca grande y de labios gruesos sabía dar los besos más lindos del mundo. Esos ojos dormilones que tantas veces me habían hecho perder la cordura, ahora estaban cerrados y parecían pegados con “la gotita”. Esos ojos nunca más se iban a abrir.
Esta persona encajonada, había estado desnuda conmigo el viernes y hoy estaba envuelta en una mortaja. Acá había algo que no estaba bien. Algo no tenía sentido.

Mientras contemplaba los restos de Chiro, Mario se acercó al ataúd. Su cara era totalmente inexpresiva, quizás porque también estaba esperando despertar de este sueño. Con una mano acariciaba la cara de Chiro y con la otra simulaba acomodar la mortaja que envolvía el cuerpo muerto de su hijo, como si estuviera arropándolo antes de darle las buenas noches.
Me acerqué a él y lo abracé. No le dije nada. ¿Para qué? El dio un profundo suspiro y me dijo:
“Ah... Marcelito, Marcelito... ¿qué vamos a hacer ahora, Marcelito?”
Sin decir nada más, se fue a la cocina y cerró la puerta.
Dios mío, necesitaba salir de ahí. La sensación de mareo que tenía era constante. En el jardín delantero de la casa había decenas de chicas llorando. A muchas de ellas no las había visto en mi vida, a otras las conocía de vista y un par iban a mi mismo colegio. Todas ellas y yo teníamos algo en común: conocíamos a Chiro sin ropa.
Algunas de estas jovencitas habían estado saliendo hasta ese momento con él. Todas ellas perfectamente ignorantes de la existencia de la que tenían al lado, hasta esta mañana. Al pasar a su lado sin proponermelo murmure: “Uh, ¡si supieran!”

Una vez afuera de la casa, me encontré con El Mugre, Leandrito y Alvarez. Todos amigos de Chiro. Los conocía pero no los pasaba mucho. Siempre habían sido amigos de jodas, nada más.
“¿Alguien sabe bien que fue lo que pasó?”
Ninguno hablaba. Leandrito prendió un pucho y dijo:
“Andaban en algo medio pesuti, parece. En la moto iban El Cabeza (ni idea quien carajo era ese), una minita de “El Sagrado Corazón” (un colegio de Castelar), La Turca y atrás iba chiro. Los venía siguiendo un auto blanco.”
“¿Qué auto era?”. El Mugre era fierrero y siempre que se contaba algo que involucrara un auto, el quería saber el modelo.
“No sé. No pregunté.”, respondió Leandrito fastidiado. “La cosa es que los venía siguiendo el auto este, ellos parece que se estaban escapando medio a las chapas. En un momento el auto les toca la rueda de atrás, se les va la moto a la mierda y Chiro fue a parar de cabeza contra un masetón. Se dio el palo del siglo”
“Pobre chabón, boludo”, murmuró Alvarez entre dientes.
“Entonces,” continuó Leandrito, “El Cabeza quedó ahí tirado en la calle. Se levantó y fue a ayudarlo a Chiro a pararse. Ahí nomas Chiro le dice Uy loco, nos matamos. Y ahi se cayó al piso y no se movió más. La minita del “Sagrado Corazón” salió corriendo como loca y La Turca fue a buscar ayuda”
Después de procesar un momento la nueva información pregunté: “Y todo esto te lo contó El Cabeza?”
“No. La Turca. El Cabeza no puede ni hablar. Quedó medio taradito, boludo”
“¿Pero porque los venian persiguiendo? ¿Te dijo que había pasado?”
“Y no. La Turca se hizo la boluda. Dice que habían salido los cuatro de joda y que de la nada los empezaron a perseguir. Pero vos viste que Chiro y El Cabeza andaban siempre en cualquiera. Y La Turca también se prende en la que pinte, no tiene historia viste. Ya una vez al Cabeza lo quisieron boletear.”
“Si, ahí a la vuelta de El Agite, a fin del año pasado”, agregó Alvarez.
“Si te metes a vender frula ya sabes que hay gente con la que no podés hinchar las bolas. No es como si le quedas debiendo al panadero, viste.”
“Cuatro en una moto, boludo. ¿Como se te ocurre? Hay que ser idiota”, dijo El Mugre mientras pateaba unos escombros que había en el suelo.

Dejé a mis interlocutores seguir rumiando su desdicha en el cordón de la calle y entre nuevamente a la casa. Cuando llegué al lado del ataúd de Chiro, había comenzado el melodrama por parte de otros allegados.
“¡Lo amo! ¡No puedo amarlo tanto! ¡Se me fue! ¡Se me fue!”, lloraba a los gritos una de las niñas enamoradas.
“¡Loco, esto no me lo banco! No puede ser! ¡Miralo! Parece dormido ¡Parece que estuviera dormido!”, dijo uno que no se quien era. Yo no estaba de acuerdo sin embargo. No parecía dormido ni en pedo. Estaba clarisimo que era un fiambre. Si alguna vez ves una persona dormida que tiene ese semblante, mas vale que llames a la ambulancia pero, ya mismo.
Los demás seguían lamentándose y llorando. No era uno de esos velorios en los que la gente hace chistes. Al rededor mio todo lo que había era tristeza y congoja.
¿Y a mi que me pasaba? No sabría decirte. Estaba todavía shockeado por todo el cuadro, pero, creo que en el fondo no sentía nada. No estaba triste. No estaba contento. No estaba angustiado. Era una roca. No me pasaba nada. Y, finalmente, lo que logró ponerme mal fue comprender que puedo ser inconmovible.
Hace dieciséis años que intercambie mis ultimas palabras con él. Diceiseis años que se sienten como varias vidas. Tantas cosas fueron diferentes a lo que él pensaba. De tantas cosas jamás se enteró.
Nunca supo que con el tiempo nos enteraríamos que sus amigos EL Mugre y Leandrito, no solo gustaban de los hombres, sino que fueron novios entre si durante varios años.
Nunca vio al almacén de su padre convertirse en un supermercado Chino.
Nunca se enteró que después de “El Amor Después Del Amor”, a Fito Paez lo único que se le fue para arriba fue la edad.
Nunca llegó a ver en vivo a Guns'n'Roses (tocaron en River al año siguiente). No se enteró que una chica se suicidó por no poder ir a verlos. Tampoco se enteró que un año más tarde, la banda viviría su ocaso definitivo.
No tengo fotos de Chiro, ni filmaciones. Recuerdo su fisonomía, pero aveces entro en la duda sobre si los rasgos que recuerdo son reales o si son imágenes que fue reemplazando mi mente al borrarse de mi memoria la imagen original.
Nunca lo amé. Nunca lo quise. Nunca lo extrañé. Nunca lo lloré. Nunca lamenté su muerte. Sin embargo, he contado esta historia innumerables veces. Y acá me tenés, haciéndolo una vez más. Dejándolo por escrito, inmortalizandolo. Fue alguien muy importante en mi vida, pero a la misma vez no fue nadie.

Cuando salí nuevamente del velatorio, vi a Carla sentada sobre un tronco de un árbol en la verdeda de enfrente. Tenía una mirada totalmente fría. Cuando me vio, sacó un cigarrillo y me hizo señas para que le diera fuego.
Cruce y una vez al lado de ella encendí su cigarrillo. En ese momento me sorprendió. Apoyo su cabeza en mi hombro y me tomó el brazo.
“Nadie me cree, pero estaba hecha una pelotuda por ese pendejo. Fue el primer flaco con el que estuve”, dijo exalando su Marlboro light.
“Yo te creo”, le dije reconfortándola.
“Está bien. Él está ahí y yo estoy acá. Ya no me importa lo que piense nadie”

Nos quedamos un momento en silencio. Al rato sentí que su respiración se agitaba. Unos segundos después estaba sollozando silenciosamente, tratando de pasar desapercibida. Me dieron ganas de que Chiro resucitara para devolverle el golpe que me había dado en mi pieza aquella vez.
No se que me impulsó a decir esto, pero simplemente me nació:
“La semana pasada me robó el disc man”
Carla sonrió. Apagó el cigarrillo con la bota y sin dirigirme la mirada dijo pensativa la última palabra que cruzaríamos en nuestra vida:
“El que las hace, las paga, Marce”.


FIN.

(Gracias por leer y esperar...)


jueves, 18 de septiembre de 2008

Chiro (Parte 6)

Para entender esta historia necesitas leer las partes anteriores. Podés encontrarlas luego de este post, o todas juntas haciendo click aquí

La vida tiene formas curiosas de traernos de regreso al punto de partida. Después de todo, del polvo venimos y al polvo vamos.
Casualmente, el último encuentro con Chiro, tuvo algo que ver con eso.
No había vuelto a entrar a mi casa desde aquel cachetazo un par de años atrás. Cuando golpeó la puerta y salí a recibirlo, me sorprendí:
“¿Como andas, Marce?”, preguntó guiñándome un ojo.
“¡Qué sorpresa, Chiro! Tanto tiempo. Pensé que andabas ocupado haciendo bebés por ahí”
“Sos un idiota. Pero está bien, yo te hubiera dicho lo mismo. Bue... justo a vos no, obvio”
Yo no tenía ganas de jugar más “luchitas”, ya no era necesario.
Entramos a mi casa, le convide una cerveza y charlamos de boludeces. En un momento dio una palmada sobre su falda para que me siente arriba de él. Eso si que no lo habíamos hecho antes. Me senté y empezó a besar mi cuello. Estaba tratándome como una de sus putitas, comprendí.
Esto no estaba resultandome sexy. Chiro estaba dejando de resultarme sexy también. Sabía demasiadas cosas de él y había visto demasiado. Lo que me había gustado tanto aquel mediodía de 1989 en el almacén de Mario, se estaba evaporando. Él sintió mi falta de respuesta y me miró mientras me acariciaba el pelo:
“¿A vos te hubiera gustado que fuera tu novio?”
No paraba de polemizar ante cada oportunidad que veía. Me gustara o no, seguía sorprendiéndome. Con él no me tenía que esconder, a fin de cuentas era la única persona con la que tenía relaciones sexuales, mal que mal.
“No, Chiro. Para nada”
“¡Mentira! Yo se que en otro momento te hubiera gustado. ¿Te imaginás lo que hubiéramos sido? ¡Cualquier cosa!”
Prefería no imaginarlo, así que no le contesté nada. Solamente me quedé mirándolo.
“¿Te acordás cuando fuimos a ver al Banana Pueyrredon? Re que era nuestra primer cita esa”
No pude evitar reírme. Su tono de voz y la cara que puso fueron muy graciosos. Él también se rió. Se rió como antes, por primera vez en mucho tiempo. Nos quedamos mirándonos. Pero creo que no pensábamos el uno en el otro, sino en nosotros mismos. ¿Qué había pasado desde ese entonces hasta acá?
“Si esa fue nuestra primer cita, el día que dijiste vos sabes que me re gustas, te me estabas declarando”
Se quedó un momento mirándome sin hablar.
“¿Yo te dije eso?”
“Si.”
“¿Puedo poner la radio?”
Agarre mi disc man Sony y lo conecté al equipo.
“Si. Ahí está”
Me puso FM Hit. Ese era el primer año de transmisión de esa radio, si mal no recuerdo, y Daisy May Queen conducía los “40 Principales”. Estaban pasando “Don't Cry” de Guns'n'Roses. A Chiro le gustaba toda la música que se escuchara en el momento, o sea, toda la música de FM Hit. No tenía mucha creatividad en ese campo. Como ahora había que ser fan de los Guns, Chiro era fan de los Guns. Sus fanatismos duraban el tiempo que las radios pasaban los temas de sus ídolos del momento.
“Uh boludo, me copa este grupo. Cuando vengan los voy a ir a ver.”, dijo mientras canturreaba mal la fonética de la canción.
“No digas huevadas. Cuando vengan ya no te van a gustar mas”
“¡Cualquiera!. ¿Por qué?”
“Por que los vas a haber escuchado mucho y te vas a haber cansado”
Sonrió con su cancherismo característico, se sentó al lado mío y me besó. Yo me dejé...
Hacía un tiempo que no me besaba alguien, que lindo que era. Bah, alguien. Él, en realidad. No tenía a nadie más que lo hiciera.
Después de besarme, bajo la mirada hasta su bulto. Yo hice lo mismo. Los dos comprobamos el efecto físico que nuestro beso había tenido.
“No se si es tan así. A vos te besé muchas más veces y me seguís gustando ”.
Nos volvimos a besar. Era verdad. No me había dejado de erotizar a mi tampoco.
Te podría contar que pasó después, pero no tengo ganas. Además, a esta altura ya te lo debés imaginar. Lo que si te voy a contar es que fue una excelente última vez. Hacía mucho que no intimábamos, entonces fue todo mucho mas lento. Había una especie de aire nuevo... como la primera vez.
Nos quedamos acostados enredados en las sabanas, reponiendonos de nuestro ejercicio. Chiro agarró mi disc man y se puso a buscar otra radio(“Erótica” de Madonna se ve que no le hacía gracia). Se detuvo en la Rock & Pop. Comenzaba a sonar “Tumbas de la Gloria” de Fito Paez. No se si alguien recuerda que con la explosión comercial que tuvo Fito en el año 1992 con el disco “El Amor Después Del Amor”, las radios nos empalagaron a más no poder.
“Que bárbaro Fito, boludo. Este flaco se está yendo para arriba, ¿viste?”
“Si. La verdad que le está yendo bien. Igual estaría bueno que no lo pasen cada dos segundos”
Después de decir esto, le di un beso en el cachete y me fui al baño.

Cuando volví de hacer mis cuestiones, él se había vestido y estaba tirado en la cama. La expresión de su rostro ya no era la misma de cuando llegó a mi casa. Ya tenía lo que había venido a buscar.
Mientras me vestía, Chiro me miraba y sonreía. Era una sonrisa burlona, no era una sonrisa simpática y compradora como antes.
“Che, ahora que lo pienso vos no venís a casa desde aquella vez que nos peleamos. Hace como dos años o tres. ¿Te acordás?”
No decía nada. Todo lo que le preguntaba, me lo contestaba con monosílabos. Me senté en la cama para ponerme las zapatillas y él seguía mirándome.
“Bueno ya. ¿Me vas a decir por qué me miras así?”. Le pregunté medio enojado.
“Porque sos un boludo”, me dijo sin borrar esa mueca de su cara.
“¿Como?”
“Nada. ¿Me dejas que me ría un rato de lo boludo que sos?”.
No le contesté y me terminé de vestir. Pensar que por un momento había vuelto a caerme bien.
“Me tengo que ir”
“Ok. Andate”
Nunca volvimos a hablar.

¡En cinco minutos salía el micro y no me había terminado de preparar el bolso!. El colegio organizaba un campamento a Sierra de la Ventana por el fin de semana, y aparentemente se iba a armar flor de relajo igual que el año pasado. No me iba a perder ese campamento ni en pedo. Busqué el disc man para ponerlo con mis cosas. El disc man no estaba.
Pero yo no lo moví de acá...”, pensé desconcertado mientras buscaba en otros lugares donde obviamente no iba a estar.
Súbitamente, recordé algo. Cuando Chiro estaba tirado en mi cama y no decía nada, la radio ya no estaba sonando. Estuve a punto de preguntarle porque la había apagado, pero no lo hice. Él me miraba y se reía como esperando que yo diga algo.
¿Me dejas que me ría un rato de lo boludo que sos?
Sentí mucha bronca. Pero no por haber sido robado por segunda vez, sino porque Chiro tenía razón. Era un boludo.
Corrí hasta su casa y le pregunte a Mario donde estaba Chiro. Se había ido por el fin de semana a no se donde. “¡Puta madre! Ya lo voy a agarrar cuando vuelva”, pensé mientras corría para tomar el micro.

El Lunes siguiente al mediodía, me desperté sobresaltado por a unos gritos que venían de la calle:
“¡Marce! ¡Marce, vení rápido!”, gritó mi mamá.
Llegué hasta la puerta de mi casa y escuché que una vecina lloraba mientas decía:
“¡¡La puta madre que lo parió!!”
Mi mamá estaba ahí parada, también con lágrimas en los ojos y le decía a la madre de la chica:
“Dios mío... pobre madre. Lo único que le pido a Dios es que le de un poco de paz a su alma, nada más”
No me había recuperado del quilombo que había sido ese campamento de fin de semana y no entendía que carajo estaban diciendo.
“Pero ¿que pasó?”, pregunté refregándome los ojos. La madre de mi vecina contestó con la voz quebrada:
“Chiro, el hijo de Mario. Tuvo un accidente con tres amigos anoche y se murió esta mañana. ¡Dieciséis años tenía nada más!”
Escuché la frase pero no la entendí.
“¿Como se va a morir?”, pregunté balbuceando como si me hubieran hablado en ruso.
“Si, se murió. Parece que venía con dos chicas y otro pibe, los cuatro en una moto. Un auto los chocó de atrás y él salió volando y se reventó la cabeza. Lo están velando en la casa..”
Dejé a mi vecina hablando sola y salí corriendo hacia la casa de Chiro. No había podido procesar lo que me habían dicho. Cuando llegué a la esquina paré de correr porque la imagen que tenía adelante me lo impidió...


CONCLUIRÁ...

martes, 16 de septiembre de 2008

Chiro (Parte 5)

Para entender esta historia necesitas leer las partes anteriores. Podés encontrarlas luego de este post, o todas juntas haciendo click aquí

Ni bien comenzó el año lectivo en 1991, Chiro y yo empezamos a distanciarnos. Estábamos en años diferentes, en colegios y círculos sociales diferentes. Ahora que vivía nuevamente en Buenos Aires, empecé a tener amigos en el colegio y en el barrio. De repente, había otras cosas interesantes que hacer aparte de tener a Chiro desnudo. Si bien me gustaba estar a solas con él, cuando terminábamos y se iba, me sentía vacío. Estaba apartándome de la religión, entonces ya no sentía la culpa de antes. En cambio, sentía una gran soledad. A los dos nos había dejado de importar totalmente la vida del otro, había que aceptarlo.
Llegábamos a pasar semanas sin vernos; lo que hacía que nuestros polvos fueran cada vez más impersonales. Estábamos para prestar un servicio el uno al otro. Él, para satisfacer todas mis necesidades sexuales (yo no tenía otro compañero sexual que no fuera Chiro). Yo, para satisfacer su necesidad de intimar con un chico (creo que él tampoco estaba con otro varón que no fuera yo).

A medida que Chiro crecía, fue convirtiéndose en un irresistible latin lover. Su look “canchero”, sus lindos rasgos, y la forma rea- pero sexy a la vez- que tenía de hablar, le hacía ganar mujeres a palazos. Tenía una novia nueva cada dos semanas, aproximadamente. Por supuesto, cada novia ignoraba que aveces el día antes de besar sus senos, Chiro probablemente había besado mis glúteos.
Pero bueno, ojo que no ve...

Como no nos importaba nada más que calmar la revolución que nuestras hormonas creaban en nuestro organismo, llegamos a tener sexo en las situaciones más ridículas.
Por ejemplo, casi todos los pendejos de Ituzaingó y zonas aledañas, íbamos a bailar a un boliche que se llamaba “American Wave”. Siempre que iba, veía a Chiro de la mano de una doncella distinta. Una vez, lo vi en la barra con su novia del momento y otros amigos, conversando y riéndose. Yo lo miraba desde el otro lado de la pista. Mientras lo observaba, recordé algunos buenos polvos que habíamos vivido y tuve una erección casi automática.
Envalentonado por mi nuevo amigo: El alcohol; me acerqué y le pregunté al oído:
“¿Cuando cogemos?”
“Cuando quieras”, contestó después de darle un pico a su chica.
“Ok. ¿Mañana qué haces?”. A esto le siguió una meditada pausa, hasta que dijo:
“Anda para el baño de arriba. Ahora”
Subí hasta el baño y me metí en un cubículo. Un rato más tarde, Chiro entró y cerró la puerta tras sus espaldas. Mientras esta niña se preguntaba que estaría demorando tanto a su novio, Chiro gemía en mi oído, cubierto en transpiración. Nadie jamás sospechó nada. Sabíamos cubrir nuestras huellas y disimular todo.

En el año 1992, Chiro se había convertido en el rey de la noche y en uno de los chicos más populares de la zona. Siempre estaba rodeado de gente diferente. Todos lo querían y festejaban sus chistes. Su éxito con las mujeres, le ganó el respeto y la admiración de sus amigos varones.
Así como crecía su popularidad, crecía su soberbia. Se rebelaba constantemente contra todos los adultos, sobre todo si eran profesores de colegio, y la mayoría de las veces sin razón justificada. Del tierno niño que supo ser en un momento, no quedaba ni el más mínimo rastro. Se estaba transformando en una persona muy agresiva. Quienes lo conocían desde su etapa rebelde quizás no lo notaban.
Los que lo conocíamos de niño, si.
De a poco empecé a ver a Chiro rodearse de toda la escoria de Ituzaingó y Castelar. Todo chico que hubiera sido expulsado de algún colegio, que tuviera historial delictivo o violento y problemas con drogas (especialmente Cocaína), seguramente estaba dentro de su lista de gente frecuentada.
Una noche, lo vi salir del baño de un bar con los ojos totalmente desorbitados y la mandibula desencajada. Parecía otra persona. Una persona que daba un poco de miedo, debo admitir. Al cruzarme, me llevó por delante y no me reconoció. Le agarré el brazo y le dije:
“¡Chiro! ¿Estás bien?”
Se dio vuelta asustado. Me miró pero le costó darse cuenta de quien era.
“¡Eh! ¡Marce! No te vi, disculpá. Está medio oscuro acá, viste. Paso por tu casa mañana, ¿te parece? Hace mil que no nos vemos...”
Mientras hablaba siguió caminando, salió del bar y se metió en un auto. No necesito decir que al otro día no apareció por mi casa. Dudo que recordara que me vio o que hablamos.

Los hombres heterosexuales en su adolescencia, muchas veces piensan que denigrar a una mujer los hace quedar ante los otros hombres como “flor de machos” (muchas veces, después de la adolescencia siguen siendo así). Chiro, supuestamente, era el macho de machos, entonces cuando hablaba de las mujeres que pasaban por su cuerpo, le daba rienda suelta a su lengua y solía mejorar las historias según su conveniencia.
En presencia de una mujer, sin embargo, era un perfecto caballero.
Me acuerdo que una vez estábamos esperando juntos el colectivo. En una pared había una leyenda escrita con aerosol que decía: Chiro, nunca te voy a dejar. Te amo. Me dijo que eso lo había escrito Carla, una chica que yo conocía porque iba a mi colegio, al turno mañana. Carla era un año mayor que él y habían salido durante unos meses:
“¿Ves ese graffitti?Me da risa que diga Chiro, nunca te voy a dejar. En realidad quiso poner Chiro, nunca te voy a dejar que NO me cojas. Esa puta lo único que quiere es tener una poronga entre las gambas. Me entregó el orto la segunda vez que cogimos. ¡Como le gusta la pija!”.
Resultó ser que Carla, la puta en cuestión, quedó embarazada de Chiro (o por lo menos, eso alegaba ella). No se exactamente como se sucedieron los eventos, pero la joven se hizo un aborto. Chiro no tuvo mejor idea que comentárselo a un amigo suyo, muy poco discreto, que no soportó tener toda esa carga de información sin divulgarla. Pronto el rumor estaba en boca de todos y Carla quedó públicamente humillada.
Un mediodía, en la esquina del colegio, presencié una escena digna de un programa de Lia Salgado. Carla estaba gritándole a Chiro con todas sus fuerzas y cacheteandolo mientras unas amigas suyas trataban de detenerla. Lo tenía arrinconado contra una pared y le daba puñetazos y patadas mientras él se cubría la cara con los brazos. Se escuchaba que gritaba:
“¡La puta que te parió! ¡¿Por qué me tenías que arruinar así?! ¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar! ¡¿Me escuchaste, pedazo de mierda?!”
Sus amigas desesperadas trataban de frenarla, pero ella se había comido la espinaca de Popeye y no había quien la detuviera. Un segundo después, dos preceptores del colegio estaban separandolos y se llevaban a Carla ahogada en llanto, mientras Chiro corría lo mas rápido que le daban sus piernas.
Parece que Chiro le había contado a su amigo lo del embarazo y lo del aborto. También le había dicho que no había forma de saber si él la había embarazado porque la muy trola cogía sin forro y con varios a la vez. Los pibes en el colegio comentaban:
“Qué bajón boludo que una mina te quiera engrampar con el hijo de otro. Las minas son tan putas”.
También escuche:
“¡Obvio que no era de Chiro! La mina es una tremenda puta. ¡Cogieron la primera vez que salieron!”
La verdad no la sabía nadie, pero todos preferían creerle al macho antes que a la puta que gritaba. Yo conocía bastante poco a Carla, pero sabía lo suficiente de Chiro como para intuir que cosas era capaz de hacer.

Chiro nos había dado, a quienes lo conocíamos, varias sorpresas estos últimos años, pero faltaba la más grande de todas.

La que nos daría unos días después...


CONTINUARÁ...

viernes, 12 de septiembre de 2008

Chiro (Parte 4)

Para entender esta historia necesitas leer las partes anteriores. Podés encontrarlas luego de este post, o todas juntas haciendo click aquí

Esa fue mi última noche de virginidad.
Bueno... por lo menos lo era para la zona de mi cuerpo que rellenaba el calzoncillo. El resto de mí, hacía un tiempo ya que había dejado de serlo. Por esta única vez, no voy a entrar en detalles, solamente quiero señalar que finalmente entendimos donde tenían que ir las cosas y como lograr que se produzcan. Es verdad que uno no necesita maestro para esto. Se aprende solo.
Debo decir que la experiencia fue similar a la que tuvo Jim Carrey en Truman Show cuando abre la puerta del cielo falso, y sale al mundo real. Desde lo que nosotros llamábamos “tener sexo”, hasta ese entonces, a lo que hicimos en el terreno de la vuelta, calculo que habría por lo menos seis o siete planteas de distancia.

Durante el resto de las vacaciones nos convertimos en dos maniáticos sexuales insaciables. Era casi lo único que nos importaba. Cualquier excusa era buena para pasar por la casa del otro y sacarse la calentura: pasear al perro, ir a hacer los mandados, sacar la basura, etc. Si Chiro venía de ver a “su novia”, quien no dejaba que él le haga ni si quiera un octavo de lo que yo le hacía, nuestro sexo era multipolvico. Las veces que yo le preguntaba sobre su chica y la relación que tenían, el siempre encontraba la forma de evadirse y la mayoría de las veces terminaba usando su frase de cabecera: “Marce, coger es de machos”.

Durante esas vacaciones nunca tuvimos sexo en mi casa. Yo estaba siempre temeroso de que mi mamá nos volviera a pescar in fraganti, entonces trataba de que nuestros encuentros sucedieran en otros lugares. De vez en cuando se ponía pesado y me pedía que entráramos porque le gustaba mucho usar la cama. Yo me negaba rotundamente, y finalmente se iba, pero ya no pateaba piedritas ni se ponía a llorar. Había comprendido que de esa forma se alejaba aún más de su objetivo, y ademas estaba un poquito más grande.
Un día volvíamos de la inauguración de una pizzería cerca de la estación, que por ser su día de apertura te regalaban porciones de pizza gratis. Cuando llegamos a la puerta de mi casa me pregunta:
“¿Está tu vieja?”
“Boludo, ¿no te cansas de preguntarme siempre lo mismo? Ya sabés como son las cosas”
“Entramos un momento nada mas. Un ratito. Te prometo que esta vez es un ratito solo, y cuando vos digas, cortamos”
Me estaba entregando el poder en bandeja.
“¿Y cuando tengamos que cortar no vas a empezar a ponerte loco como siempre?”
Esbozó una sonrisa y metió una mano por adentro de mi remera:
“Ahora me estoy poniendo loquito...”
Me olvidaba que esa era la razón por la que aveces no le abría la puerta. Su poder de persuasión verbal no tenía tanto éxito por si solo, pero cuando me tocaba, todo se iba a la mierda.
“¡Pará! Nos van a ver. Dale, entremos”.
Ese fue nuestro último encuentro sexual esas vacaciones de invierno. Nos despedimos por lo menos tres veces esa tarde. Cuando terminó todo nuestro desenfreno estábamos realmente cansados. Yo sabía que mi vieja no iba a volver hasta la noche porque estaba trabajando, así que no tenía apuro por echarlo. Mientras acomodaba mi pieza y me vestía, él me miraba desde la cama, acariciándose la panza. Cuando me miraba con esa sonrisa de costado, sin decir nada, me ponía nervioso. Sabía que su cabeza estaba trabajando. Sabía estaba pensando cosas y sacando conclusiones, pero nunca decía nada. Siempre se guardaba todo.
“¿Por qué coges conmigo, Marce?”, preguntó finalmente.
La pregunta me agarró desprevenido. Nunca hablábamos de porque hacíamos lo que hacíamos, solamente lo hacíamos.
“No se...”, era obvio que la pregunta me había puesto nervioso, y el lo notó. “Por lo mismo que vos coges conmigo”.
Volvió a sonreír y se puso a inspeccionar el techo, mientras pensaba en que otra cosa para incomodarme podía preguntar.
“A vos no te van las minas ni un poco.” Y esa no fue una pregunta.
“¿Qué?”
“Eso. A vos te gustan solamente los pibes. Eso de que te gustan las minas es mentira.”
“¿Y a vos entonces? Recién nos echamos tres polvos.”
“Pero es re distinto, vieja. A mi me van las minas, pero es difícil cogértelas. Dan muchas vueltas. Les tenés que hacer la cabeza, llevarlas a pasear. Yo la quiero poner. Con esta mina hace como dos meses que nos estamos viendo y todavía ni le pude tocar las tetas”, en ese momento se paró y empezó a dar vuelta su ropa para vestirse. “Con vos la paso muy bien. Ademas, cada vez que estoy caliente te vengo a buscar y vos siempre querés. Si tuvieras concha serías la novia ideal”

Le hubiera reventado el cráneo con un palo de amasar.

Lo odiaba. Lo odiaba porque el podía estar con una mina y tener una erección. Lo odiaba porque había logrado que me pusiera nervioso. Lo odiaba porque no podía ser mas rápido que él. Lo odiaba porque él había descubierto mi debilidad, y ya no había vuelta atrás. Lo odiaba porque mientras lo odiaba, le hubiera sacado la ropa y me hubiera echado un cuarto polvo.
“Vos no sabes lo que hago por ahí. No estás todo el tiempo para verme con minas”.
No se como no me dio miedo que las paredes se caigan de la vergüenza. ¡Por Dios! ¿De dónde sacaste que ibas a poder mentir tan mal y salir triunfante de la situación! Obviamente, Chiro se cagó de risa como si le hubiera contado algún chiste racista.
“¡Marce, dale! Si sos solamente puto, no pasa nada. ¡Viejita!”
Ese viejita me estaba cansando, y en este momento particularmente, estaba de muy mal humor.
“No me digas viejita, ¿estamos?”.
“Qué chabón mas raro que sos, ¿sabías?”
No quería darle el gusto de ver mi cara de orto entonces terminé de vestirme y me puse la campera para salir. Abrí el cajón de mi mesa de luz, saqué unos guantes y... ¿y la plata? La plata no estaba. Cuando llegamos estaba porque me había dejado el cajón abierto y se asomaba el fajito por debajo de los guantes... pero ahora no estaba.
“Chiro... acá había guita hasta hace un rato”. Me miró sin decir nada, como esperando a que yo dijera algo más.
“¿Y a mi qué me decís? ¿Yo qué tengo que ver?”, se hacía el sorprendido como si no entendiera.
“Y si boludo, tenés mucho que ver, porque si veo una cosa acá y al ratito cuando vuelvo a mirar, no está y somos solo dos personas... ”
“Mirá si te voy a sacar la guita, Marce. ¿Como estás de atacado boludo hoy eh? ¿Tanto te jodió que te diga que sos puto, vieja?”
Ese vieja fue la gota que rebalsó el vaso. Le di un empujón que le hizo darse la espalda fuerte contra la pared. El golpe resonó en toda la habitación.
“¡Chorro de mierda, devolveme la guita!¿Sentiste? Y si soy puto, ¿cual es? Que yo sepa acá estuvimos cogiendo los dos, no yo solo. Y antes que yo vea una verga por primera vez vos ya te lo estabas comiendo a Martincito. Así que ¿por qué no cerrás bien el orto?”
“Me tocas una vez mas y te re cago a golpes”, dijo mirándome amenazador.
“Era verdad que había que tener cuidado con vos. Sos un chorrito de mierda. Igual que tu hermano”
¡Plaf! El cachetazo resonó en la habitación varias veces más fuerte que el golpe que yo le había dado a Chiro. Creo que la razón por la que mi cabeza no giró sobre su eje como la de la chica de El Exorcista, es porque la tengo pegada al cuerpo con más firmeza que el resto de la gente. Perdí el balance y me caí sobre la mesita de luz.
(Ante los sucesos relatados me veo en la obligación de aclarar que uno de los hermanos de Chiro se encontraba preso por robo hacía casi dos años.)
“Nunca se te ocurra volver a decir nada de mi hermano porque te reviento. A vos y a tu vieja. Vos no sabes nada, ¿ok? Sos un putito de mierda que ahora te haces el malo pero después vas a venir llorando a pedirme que te de masa. ¡Gil!”
Dio un portazo y salió de mi casa. El cachetazo ese había sido tan inesperado que me quedé tirado arriba de la mesita de luz durante un rato, tratando de entender que había pasado.
Al otro día me volví a Entre Ríos. No volví a ver a Chiro hasta el año siguiente. Los dos habíamos pasado el verano en lugares distintos. A fines de Febrero, cuando la familia había regresado de sus vacaciones, empecé a comprar en el almacén su padre nuevamente. Siempre nos veíamos y nos saludábamos cortesmente, pero nunca hablábamos. Aparentemente, seguíamos profundamente ofendidos y disgustados el uno con el otro. Sin embargo, nuestros ojos se encontraban en algún momento y podría jurar que por un instante los dos teníamos la misma idea: “Si no fuera que no te banco... ¡como te daría!”.
Un mediodía, yo estaba comprando en el almacen, había varias personas que estaban esperando ser atendidas. En eso veo que se asoma Chiro por la puerta trasera, en cuero, bermudas y bincha (Si. Fue un momento polémico en los noventa para los varones, en el que se dejaban el pelo largo hasta la nunca y se ponían una bincha de plástico). Me hizo señas, yo le pedí permiso a Mario y lo seguí. Cuando salimos por la puerta trasera, Chiro me dijo que lo siguiera hasta la terraza:
“¿Como andas?”, me preguntó una vez en la terraza.
“Bien por suerte”. Le hubiera sacado la bermuda antes que hablara. El verano había sido largo...
“No te quise pegar la otra vez”, mintió Chiro
“No te quise decir chorro”, mentí yo
“¿Amigos?”, preguntó el pendejo mientras me mostraba su sonrisa compradora. Al decir esto, me ofreció su mano.
“Amigos”, contesté yo y se la estreché.
Ni bien nos dimos la mano y sacamos del medio el problema que se interponía, nos dimos el beso más hambriento de nuestra vida. Un beso que dejaba perfectamente en claro para los dos, que los meses de abstinencia sexual y masturbación habían sido larguísimos.
Tratamos de recuperar todo el tiempo perdido con un polvo hiper liberador, sobre una lona verde que había en la terraza. Tuve que taparle la bocha porque el orgasmo le hizo elevar mucho la voz, y abajo estaba Mario atendiendo a sus clientes.
Recostado sobre la lona, con mis piernas enroscadas a la cintura de Chiro, pude apreciar que el chico estaba creciendo. Sus rasgos se estaban volviendo mas duros y varoniles. Sus lampiñas piernas, ahora tenían vello. Su torso infantil se había puesto mas sólido. Lástima la bicha de plástico...
Me miró a los ojos y susurró “No sabes como necesitaba esto”. A lo que yo respondí: “Y yo ni te cuento”. Los dos nos reímos un momento. Chiro estiró una mano hasta su bermuda y sacó del bolsillo una especie de papel glacé doblado en cuatro. Aún con una sola mano lo abrió y en su interior pude ver que había un polvo blanco. Ahora bien, yo en esos tiempos no sabía mucho de nada, pero cuando pasó su dedo por el polvo blanco y lo aspiró, sabía que esto era algo no apto para todo público, o por lo menos, no para un pibe de 14. Después de aspirar el polvo blanco se recostó sobre mi. Yo estaba bastante shockeado, como te imaginarás
“Y eso qué fue?”, pregunte tímidamente.
“Cosas que uno hace”, dijo sin darme mucha bola. “¿Vos crees que vamos a seguir haciendo esto hasta que seamos grandes?”
“No se... no se...”, dije todavía sin recuperarme de ver a Chiro tomar pala.
La realidad es que no íbamos a seguir haciendo eso hasta que fuéramos grandes. Por lo menos, no juntos. Resultó ser, que ese polvo blanco que Chiro llevó hasta su nariz, era solamente un eslabón en una cadena de cosas de él que no conocía...

CONTINUARÁ

martes, 9 de septiembre de 2008

Chiro (Parte 3)

Para entender esta historia necesitas leer las partes anteriores. Podés encontrarlas luego de este post, o todas juntas haciendo click aquí

¿Quién era este extraño qué estaba parado en la puerta trasera del almacén?
A ver... era claro que se trataba del mismo Chiro que apaciguaría su fuego pasional conmigo sobre los pastizales del terreno baldío a la vuelta de mi casa, pero se había hecho un Extreme Make-Over y había pegado un pequeño estirón.
Su cambio de apariencia hoy por hoy daría un poco de risa, pero en ese momento Chiro se había convertido en un prototipo del adolescente de los noventa. Tenía el corte de pelo que usaban Pablo Ruíz, Ricardo Montaner y Miguel Mateos en esa época (si no te acordás como era, Google tal vez te ayude), una remera blanca que le quedaba un poco holgada y una campera de cuero negra con tachas y muchos cierres. Sus shorts habían sido reemplazados por unos jeans gastados con una rodilla rota y desflecada. Para coronar el atuendo, el muchacho lucía unos borceguíes negros; también gastados, por cierto. Había que ponerle onda, viste.
“¿Como anda, vieja?”
¿Vieja? ¿Me dijo vieja? Era la primera vez que escuchaba eso.
“Bien. Todo bien. Llegué hoy a la mañana. Qué... distinto”.
“Ah, sí. ¿Viste?”. Se me estaba haciendo el canchero y su performance apestaba. ¿Podrá ser que tenía la voz más grave también? Hasta donde recuerdo estuve ausente solo cinco meses...
El pendejo insolente caminaba hacia mí como Dylan McKay (Beverly Hills 90210), arrastrando sus borceguíes en el proceso. Cuando llegó hasta donde estaba yo, estiré mi brazo para darle la mano. Él, sin embargo, ignoró mi mano y me dio un beso en la mejilla. Yo, sorprendido, me alejé y miré a Mario que nos observaba sonriente. Mario no parecía haberse inmutado de ver a su hijo besar públicamente a otro varón. Acá pasaron cosas extrañas durante mi ausencia.
“Che, escuchame una cosa. Tengo que ir hasta la estación a comprar un repuesto del auto para mi hermano. ¿Venís?”. Cuando terminó de decir esto me hizo una de las sonrisitas que a mi me gustaban. Las típicas sonrisas Chirescas. Obvio que acepté.
“Si, dale. Vamos”.

La actitud del Chiro que me recibió en el almacén me desconcertaba y no podía hablarle como siempre. Ninguno de los dos parecía tener nada para decir, así que caminamos casi en silencio durante un par de cuadras. Finalmente decidí romper el hielo y le pregunté sobre el colegio. Él me preguntó sobre Entre Ríos y lo que estaba haciendo ahí este año. Cosas que a ninguno de los dos nos importaban, básicamente.
Después de comprar el repuesto para su hermano, emprendimos la caminata de regreso. Mientras caminábamos me contó un par de chismes barriales. Me contó también que iba a bailar a un boliche que se llamaba “Chocolate” que quedaba por no se donde. Yo nunca había pisado un boliche. Me contó que se había agarrado un par de “mamuas” con sus compañeros de colegio. Yo nunca había tomado una gota de alcohol, ni pensaba hacerlo porque era pecado. Me dijo que ahora estaba escuchando un grupo que le copaba que se llamaba “Ireishon”. Nunca había escuchado hablar de ese grupo porque en esa época no escuchaba casi nada que no fuera música religiosa (Además, el verdadero nombre del grupo era “Erasure”).
En resumen, nuestras vidas habían comenzado a tomar desvíos opuestos. Si antes teníamos poco en común, ahora prácticamente nada.
Excepto esa atracción mutua que no podíamos controlar.
Ese deseo ingobernable que tantas vec...
“Che, yo acá te dejo porque voy a pasar un toque por la casa de la mina con la que estoy saliendo. ¿Te jode, vieja?”.

¿Perdón? ¿Dijo la mina con la que estoy saliendo? No puede ser. No dijo eso. ¿O lo dijo?

Fue como un cachetazo con un guante de clavos. Él aveces hablaba de chicas y decía que le gustaban, pero yo decía esas boludeces también. Pensaba que en definitiva, estábamos en el mismo bote. Es decir, eramos heterosexuales pero todavía no habíamos superado unas cuestiones del crecimiento y de la definición de no se que (Había escuchado que los jóvenes podían atravesar etapas de indefinición sexual, entonces albergaba la esperanza de que mi enfermedad tuviera una cura eventual).
“Ah...” ¿Y ahora que carajo digo? “Vos... ¿estás de novio?”
“No. Bah, mas o menos. Estoy rompiendo un poco las bolas con una pendeja de segundo”.
“Mira vos, che... ¡Qué bueno!”. Ese entusiasmo no me lo creía ni Cristo.
“Si. Está buena la mina. Me la quiero coger pero está complicado. No quiere saber ni mierda”.
Ahí está, lo tenía que decir y refregarmelo por la cara. ¡Se la quiere coger! Eso era algo que hacía solo conmigo. Bueno, y antes que conmigo, con el otro vecinito. Además, tiene trece años. ¡Los chicos no se cogen minas a esa edad a no ser que sean del campo! ¡Quiero romper todo!
“Claro... si... me imagino”. ¿Qué mierda podía comentar al respecto, si cuando hablaban de mujeres yo podía opinar tanto como si hablaran de lobos marinos?
“Bueno, vieja. Te dejo. Si querés, más a la noche, pasate por casa. Vienen El Mugre y Leandrito”.
“Si. Después paso”. Y me volvió a besar en público. Yo miré hacia los costados para cerciorarme que no hubieran testigos. Me iba a llevar un tiempo acostumbrarme a esta nueva moda.

Era obvio que no pensaba ir a su casa. El Mugre y Leandrito me chupaban bien un huevo, yo lo que quería era estar con él. Lo vi alejarse canchereando con sus borceguíes gastados hacia la casa de “su novia”. Estuve a punto de seguir el camino a casa, pero en vez de eso, cruce y me senté en un banco de la plaza a dejar que el sol me haga las caricias que Chiro no me iba a hacer.
Me sentía desilusionado y ridiculizado. ¡Qué suerte que no dije nada al respecto de nuestros encuentros! ¡Qué suerte que no le pregunté si se le había pasado el enojo! ¡Qué suerte que nunca mencioné las ganas que tenía de tocarlo! ¡Qué bronca que tenía!
En algún lado de mi cabeza tenía esta tonta idea de que el tiempo se iba a detener en el momento que yo me subiera al micro en Retiro, y que Chiro iba a quedarse contando los días que faltaban para mi regreso. Me equivocaba. El tiempo no espera a nadie.
Aparentemente, mi primer amante había logrado definirse y yo seguía siendo el enfermito del barrio. La intimidad que tenía con Chiro, no solo me daba momentos de placer; también me hacía sentir acompañado en un lugar en el que siempre estaba solo.

Un par de días después, estaba en mi casa viendo que entretenimiento de vacaciones de invierno podía encontrar, cuando siento que golpean la puerta. Me asomo por la ventana, y veo a Chiro, muerto de frío con un gorrito y una bufanda tapándole la cara. No esperaba la visita:
“¡Ey! ¿Qué haces?”
“Todo jamón ¿Como anda, vieja?” Cada vez que me decía vieja algo me hacía cortocircuito.
“Bien. No tan cagado de frío como vos. “
“Si, está jodido. Che, ¿qué estabas haciendo?”
“Nada. Estaba medio aburrido. Viendo que se podía hacer hoy. ¿Querés pasar?”
“No. En realidad te iba a preguntar si no me dabas una mano con una cosa”
“¿Qué cosa?”
“Ando medio mal en Inglés viste, no entiendo un joraca. Por ahí vos me podías tirar una soga”
¿Quería que le ayude con cosas del colegio en vacaciones de invierno? Esto era medio sospechoso. Pero bueno, él ahora estaba en otra así que mejor que no me hiciera ilusiones que no se iban a cumplir. Ayudar a alguien a estudiar inglés en vacaciones de invierno no es mi idea de diversión, pero no tenía otra cosa que hacer.
“Bueno. Un rato nomas. Estamos de vacaciones, no se si te enteraste...”
“Si, dale. Un toque nomas. ¡Que grande, viejita!”
Decime vieja una vez mas, dale...
Una vez que estábamos en su pieza, traté de explicarle lo que no entendía (que era todo), pero no había forma. Este chico no tenía facilidad para los idiomas y mucho menos voluntad. Mientras yo buscaba formas de explicarle la diferencia entre los verbos regulares y los irregulares, el canturreaba la canción de “Ireishon” que sonaba en el radiograbador. Yo lo miré ofuscado. Él se empezó a cagar de risa mientras seguía cantando. Dejé la birome sobre el cuaderno y le pregunté:
“¿La cortamos con Inglés por hoy?”
“Si, man. Ya estoy cansado”
“Bueno. Voy yendo para casa entonces”, dije mientras me levantaba del piso.
“Esperá...”. Me agarró el brazo con una mano y con la otra subió el volumen del grabador. Se puso de pié el también y me miró con la picardía que lo caracterizaba. Se acercó hasta mi oído y me dijo:
“Primero el deber... después el placer.”
Dicho esto, tomó mi cara entre sus manos y me besó. Esta vez el beso fue diferente. Fue un beso suave al principio, pero iba acrecentando su intensidad a medida que los segundos pasaban. Fue un beso que hablaba de tiempo transcurrido y experiencia adquirida. Fue un beso que hizo que mi ritmo cardíaco se acelere y que mi masculinidad se ponga rígida instantáneamente. El resto de mi cuerpo se quedó inmóvil recibiendo a Chiro, dándole la bienvenida. La campera que tenía en la mano cayó al piso.
En ese momento, soltó mi cara, detuvo su beso y me preguntó:
“¿Todavía te querés ir?”
“¡No!”
“¿Vamos acá a la vuelta un ratito?”
“Si... pero pensé que...”
“¿Qué?”
Me tenía atrapado exactamente en donde él quería. Y tenía solo trece años. Trece. El demonio que llevaba adentro, como llegaría a comprobar en poco tiempo, estaba recién saliendo del cascarón...

CONTINUARÁ