viernes, 8 de agosto de 2008

El Fin De Anyulina

No se bien que edad tenía la primera vez que vi un muerto, pero creo que entre seis y siete años.
Como te conté en Inexperiencias Traumáticas: “Al Doctor”, yo jugaba cuando era chico con mi amiguita Marcela, que vivía al lado de mi casa. La familia de Marcela era bastante numerosa. Era una familia descendiente de italianos, que vivía toda junta (haciendo honor a la tradición) en un mismo predio que contenía tres casas.
La casa mas vieja- y la inauguradora del complejo- era una casa antigua y grande que estaba al frente (Parecida a la de China Zorrilla y Juan Manuel Tenuta en “Esperando La Carroza”). A la izquierda de esta casa había un espacio verde bastante grande (o para mi que era tan chiquito en esa época, lo era), que tenía una huerta, un par de hamacas y dos o tres árboles de frutas. Hacia el fondo había otras dos casas simples, chicas y mas feas, enfrentadas entre si. Marcela vivía con sus padres y hermana en una de esas casas y en la otra vivía su prima Miriam (la que quiso darme una precoz introducción a la anatomía femenina, como ya conté en “Al Doctor”) con sus padres, su hermana y su cuñado.
En la casa principal, vivía la bisabuela de Marcela. La que roncaba. La dueña de todo. La abuela Anyulina.
La abuela Anyulina era una viejita de mierda, tan vieja que sospecho que fue la fundadora del continente Europeo. Como llegué al tiempo de descuento que le quedaba en este mundo, lo único que se de Anyulina es que era una vieja de mierda, no mucho mas.
Me acuerdo que usaba siempre ropa negra, se vestía como las tanas inmigrantes y usaba un pañuelo en la cabeza a lo Eve de Bonafini. La cara era una pasa de uva y su piel colgaba de ella igual que la nata cuando la sacás del café con leche.
Ayulina intentaba caminar con un bastón y estaba toda tomada por la enfermedad. No se que enfermedad tenía, pero creo que vejez extrema, ya que su casa olía al “mas allá” y cerca de la cama tenía cajas y cajas de remedios que se tomaba para prolongar su despedida del planeta.
Cuando Marcela y yo jugábamos, nos gustaba aprovecharnos de su estado pseudo paralitico y la molestábamos, le sacabamos la lengua y le tocábamos el pañuelo que envolvía su blanca cabellera. Anyulina maldecía sus 15.347 años y su carencia de fuerzas para cagarnos a palos, entonces desde su silla desvencijada, solamente atinaba a revolear el bastón por el aire y a decir: “Pero... pero... nene... ah... eh... nena... pero”. Nos cagábamos de risa de la vieja decrepita y jugabamos a eso una y otra vez, hasta que algún otro adulto nos ahuyentaba.
Como es natural en estos casos, llegó un día en el que ni todos los remedios del mundo pudieron tirarle una soga, y la abuela Anyulina se fue a mostrarle su colgante piel a los angelitos. Finalmente estiró la pata.
Todo el barrio estaba conmocionado porque había un velorio al que asistir, y yo estaba como loco porque iba a ver un muerto por primera vez. Desde la puerta de mi casa veía como la gente llegaba a darle el pésame a las hijas de Anyulina. Todavía no me animaba a entrar. Sabía que adentro iba a estar la muerta, pero me daba nervios y Marcela estaba con sus familiares. Espere pacientemente a que mi mamá llegara de trabajar y entre con ella.

Al poner un pie en esa casa lo percibí instantáneamente y se me erizó la piel. El olor. Que desagradable. Que aroma tan diferente a todos los que había olido en mis pocos años. Era olor a podrido mezclado con olor a perfume floral, a su vez mezclado con aliento de gente. Todos los velorios huelen así, pero eso lo se ahora. En ese momento se lo atribuía solo a la descomposición de Anyulina, y el pensar que la muerta se me estaba metiendo en el cuerpo mediante las fosas nasales, me daba escalofríos.
Seguí caminando de la mano de mi mamá y vi gente llorando por los pasillos, viejas rezando con rosario en mano, coronas con flores en letras doradas que decían “Tus Amigas”, “Tus bisnietas”, “Tus hijas”, “Tus vecinos Pocho y Amparo”, y al final de pasillo, presentada por una enorme corona con la inscripción “Tu Marido”, se encontraba la razón de la reunión. El cuerpo de Anyulina adentro de un ataúd.
Por un momento sentí un leve mareo. La miré a mi mamá sin saber bien que hacer y ella, con mucha seriedad, me hizo un ademán para que me acerque al ataúd. Dando pasos cortos y lentos llegue hasta un costado del cajón. Anyulina estaba adentro envuelta en una mortaja de tela blanca, solamente se asomaban su cara y sus manos. No se me había ocurrido como podría verse una persona muerta hasta ese momento, pero no pensé que así. Era algo sacado de una película de terror, y si bien era claro que estaba totalmente muerta, tenía la sensación de que en cualquier momento se iba a levantar como ejectada por un resorte. Su cara tenía un tinte verdoso, y representaba perfectamente el mal olor que invadía la casa. Cada parte de ese féretro quedó grabado en mis retinas, desde la cara verdosa, pasando por el mar de tela blanca, hasta culminar en sus manos. Esas manos que días atrás supieran alzar un bastón por los aires para ahuyentar mocosos revoltosos, yacían ahora inertes, demacradas, con los dedos entrecruzados y sosteniendo un rosario. Todo esto era muy impresionante y me llenaba de miedo, pero a la vez me daba un cierto deleite. Al observar boquiabierto el espectáculo Stephen-Kingesco que ofrecía el cuerpo de Anyulina, recuerdo haber reflexionado que se veía mucho mejor muerta que viva.
Lita- la menor de sus hijas, y la que presumo mas ansías tenía de ver a su madre en donde se encontraba ahora- se lamentaba entre lagrimas de cocodrilo “Pobrecita. Parece que duerme. Mi mamita parece que duerme”.
¿Mi mamita? ¿Mi mamita a esa vieja? Lo que quedaba de Anyulina no parecía la mamita de nadie. Asi no era una mamita. Mi mamá era una mamita. La mamá de Marcela era una mamita. Incluso la madre de la incandescente Miriam era una mamita. Esa cosa metida adentro de un cajón no parecía merecer ese apodo. La difunta Anyulina, adornada con la mortaja blanca y la puntilla alrededor de su cara verdosa, se parecía mas a un maniquí de un cotillón de disfraces que a una madre.

Mas tarde, sentados con Marcela en la puerta de la casa, en silencio, escuchabamos los rezos y los ave-maría-madre-de-Dios que venían desde la ventana. En ese momento no lo dijimos, pero a los dos nos aterraba la idea de saber que esa noche íbamos a dormir a pocos metros de la cosa verde que estaba adentro. Esa noche tuve pesadillas en las que Anyulina me perseguía con su bastón y me alcanzaba. Una vez bajo su poder, se incorporaba venciendo su joroba y despedía una carcajada como Skeletor y me daba andanada de palos, desquitándose por cada una de las veces que me quiso pegar y las fuerzas no la acompañaron.
Por un largo tiempo, después del velatorio y del entierro, seguíamos hablando de eso. No se nos ocurría ni en broma entrar a la casa de la abuela Anyulina. Siempre la esquivábamos, jugábamos en el parque pero ni siquiera nos acercábamos a la puerta.
No había pasado un mes de la desaparición de Anyulina, que sus hijas estaban arrancándose los pelos y dientes ente ellas, disputándose la herencia. La principal interesada en el beneficio económico resultó ser Lita (“Pobrecita. Parece que duerme. Mi mamita parece que duerme”). Lograron vender el terreno en donde estaba la casa de Anyulina y el parque donde jugábamos de niños en menos de tres días. A la semana siguiente, Lita disfrutaba de la vida, tirada en su reposera y mirando su flamante televisor color Aurora Grundig. Seguramente muy feliz de que su mamita no estaba dormida, sino muertita.

No puedo evitar recordar ese primer velorio cada vez que veo un coche fúnebre pasar por alguna calle, o cada vez que tengo la triste tarea de asistir a algún entierro. Instintivamente, cuando me veo en una situación mortuoria como estas, miro hacia los costados, aterrado de algún día ver a Anyulina apoyada en su bastón, esperándome para que la acompañe.


4 comentarios:

El Pamperito dijo...

Interesante:
Mi primer velorio fue el de mi abuelo, mientras mi primo llamaba a los parientes del deceso yo me reia y hacia bromas macabras por su muerte, talvez de los nervios.
Tuve pesadillas desde su muerte hasta el mes, Recuerdo verlo decapitado en el ataud entre las tantas pesadillas q tuve ese mes. La ultima pesadilla:
Aparece la cabeza de mi abuelo flotando en el patio toda de color rojo, riendo y yo adentro de mi casa mirandolo por el ventanal y me dice:
¿Porq me tenes miedo?.
¿Sera porque me castigas por reirme de vos? pregunte.
Y el me dijo sonriendo "No me tengas miedo. Yo ya me voy, no te preocupes, no vas a soñar mas conmigo".
Efectivamente desde ese dia que fue en Febrero del 87 no lo he soñado mas.

Libélula dijo...

Sabés que nunca fui a un velorio, entierro, etc?

Y cuanto me alegro de ello...

Guille dijo...

"...fundadora del continente europeo."
Una frase para la historia
Saludos
chau

Marcelo dijo...

Pamperito:
Tu relato da mas miedo que el mio!!!

Maru:
Cuanto mas tiempo puedas estar sin ir a uno mejor, en realidad.

Guille:
Te parece? A mi me parece mas perdurable "Quiero que en este dia, seas la mas querida, mamiiiii, de mis amoreeeeeeessss" ajajajajajaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa